domingo, 7 de septiembre de 2008

La señal

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Para mi la fe siempre ha sido lo más importante. Lo que guió mi vida. Por lo menos hasta que sucedió lo que vengo a narrarles.
Dios me concedió el don de la fe, y yo tomé los hábitos para convertirme en su más humilde y fiel servidora. Nada en el mundo tenía más valor que luchar por la gloria y la grandeza de Su nombre.
Mi vida de entrega y oración la desarrollaba en el convento de las Hermanas del Santo Consuelo. Rezaba varias veces al día, pero mi conversación especial con Dios (siempre a través de Su Hijo, como Él nos enseñara) era por la mañana temprano. Le agradecía a Jesús el nuevo día que nos regalaba y porque gracias a su pasión y muerte nos liberó a todos del pecado. Y en particular por todo lo que me había dado a mí, incluyendo esta fe, que es creer en lo que no se ha visto. Yo no necesitaba ver para creer.
A veces, en mi oración matinal además de agradecimientos, incluía pedidos: que ilumine al Sumo Pontífice para que guíe bien a la Iglesia, que dé salud a mis padres por muchos años, que se despierten vocaciones sacerdotales...

Una mañana, no sé si a ustedes les pasa que a la mañana les llegan las ideas más extrañas, una mañana, decía, se me ocurrió pedir que me diera una señal.
- Señor, tu que te apareciste al Apóstol Tomás y le mostraste las llagas de tus manos, dame una señal de que escuchas mis plegarias - le rogué.
No consideraba que fuera excesivo, porque cinco años de hermana, dos de novicia y uno de postulante, bien merecían esa señal. Y todo este tiempo con una dedicación y comportamiento intachables. No como otras hermanas que tenían sus vaivenes, y se interesaban por otras cosas distintas de la oración.
Al tiempo, el pedido de una prueba, como la voz de Dios cuando detuvo la mano de Abraham para que no sacrificara a su hijo Isaac, se me ocurrió incluirla en otros rezos del día. No es que pensara que Cristo no me oiría por la mañana, pero supuse que si repetíamos el avemaría unas doscientas veces al día, debía ser por algo. La repetición algún efecto tendría sobre el Reino de lo Cielos.
Unas semanas después, prácticamente todas mis plegarias consistían en el pedido de esa pequeña prueba.
- Padre, si enviaste a la Virgen de Lourdes a Santa Bernardita, envíamela también y me colmarás de dicha.
Un día, o mejor dicho una noche, sucedió algo que cambiaría todo.

Le había pedido permiso a la Madre Superiora para ir a rezar sola a la capilla después de la cena. Era un aniversario de mi ordenación y pensé en hacer una oración extra de mi pedido. Toda mi vida se la dedicaría al Espíritu Santo, si recibía esa mínima señal.
Estaba sola en el oratorio ocupada en mis menesteres, cuando un temblor sacudió la capilla dejando en un balanceo pendular, cuanto podía tener movimiento. Inmediatamente, una luz fuertísima atravesó uno de los vitrales laterales. Era mi preferido: la imagen del Espíritu Santo haciendo a los Apóstoles hablar en lenguas. Casi simultáneamente pude escuchar una voz ronca y lejana diciendo “cree”.
Como podrán imaginar, quedé fuertemente conmocionada por lo que había vivido, y no pude conciliar el sueño en toda la noche.
A la mañana siguiente pregunté, sin contar nada, si alguien había sentido algo, pero no, ni siquiera el temblor. Tal vez se sintió sólo en la capilla porque es el edificio más alto y está un poco aislado del resto del convento. Ese día me costó mucho concentrarme en las oraciones, mi cabeza estaba en otra cosa. Aproveché entonces la tarde del martes, que es libre, para ir a la biblioteca pública. En crónicas viejas de la ciudad pude comprobar que se registraron movimientos sísmicos en otras épocas y, aunque hacía ochenta años que no ocurría, bien podría repetirse. Esa semana todas mis actividades, incluida la oración, fueron mecánicas, no podía concentrarme en esas pequeñeces. El martes siguiente fui a casa de mis padres y aproveché para hablar por teléfono con una amiga de la secundaria que sabía del tema. Logré que mandara un e-mail a un destacamento militar, cerca de la capital, que tenía instalado el sismógrafo más cercano. La respuesta no fue buena: la semana anterior estuvo fuera de servicio por una modernización de parte del equipo.
Lo de la luz también lo estaba investigando. Para el festejo de los 100 años de la ciudad, hacía tres semanas, la municipalidad había alquilado un par de reflectores gigantes que iluminaban el cielo como en Hollywood. Si aún no se habían devuelto, seguro probando uno de ellos fue que se iluminó el vitral.
Tuve que pedir algunos días más de salida en la semana. Estaba segura que Dios me iba a perdonar, porque tuve que enfermar a algunos parientes.
Un conocido de mi padre trabajaba en la municipalidad y tuvo acceso a los registros en donde figuraba que los reflectores aún no se habían regresado. Pero el jardinero que trabajaba en el convento, y que participó en la organización de los actos del centenario, me dijo que todo se devolvió la misma noche. Averigüé por un ex concejal que a veces se alquilaba equipo por un día haciendo figurar que era por más tiempo, así quedaba plata para la campaña electoral.
Me sentía inútil e incómoda en el convento, todo lo que tenía que investigar estaba allá afuera. Cansada de inventar excusas, que a veces no recordaba o se contradecían, decidí pedir una licencia. Por supuesto que eso no existe para una hermana del Santo Consuelo, pero yo le dejé el aviso escrito a la Madre superiora y me fui.
Me quedaba el tema de la voz, tal vez podría ser un carrero pasando que, con voz ronca como suelen tener, le gritara “arre”, y yo creí escuchar “cree”. Con más razón el grito debió ser fuerte, si había un temblor y el hombre estaba asustado.
Había cuatro vecinos que tenían carro y transitaban por esas calles. Hablé con tres de ellos y no recordaban haber pasado por allí esa noche. El que restaba había viajado a otra ciudad a ver unos parientes y volvía en unos días.
Ya había conseguido datos de otro sismógrafo y de una entidad internacional a donde se informaba toda novedad de actividad sísmica. No tenía las direcciones electrónicas, pero al primero podría ir, eran sólo cinco horas de ómnibus, y al segundo le enviaría el pedido por correo tradicional.
Tuve que dejar de usar los hábitos porque no me resultaban cómodos para investigar y hacer preguntas.

Hoy regresa el dueño del carro que estoy esperando. Después de hablar con él, viajo a la capital a ver una discoteca que alquiló los reflectores inmediatamente después que nuestra municipalidad, para saber qué día les llegaron. En cuanto al sismógrafo, como es una estación automática, tengo que esperar al jueves que es el día de mantenimiento.
Como ven, no me está resultando fácil la investigación, pero creo que ya estoy cerca de comprobar el origen real de los hechos.
Cuando termine volveré tranquila a mi vida de fe y oración. Porque para mi tener fe es creer en lo que no se ha visto.

martes, 2 de septiembre de 2008

miércoles, 16 de julio de 2008

Labios

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Adoro los labios pequeños. Esos que apenas enmarcan. Están, pero no eligen ser protagonistas, prefieren la simpleza del actor de reparto. Los disfruto cuando el dorso de mi mano pasa sobre ellos, cuando los beso o cuando sólo los intuyo.
¿Puedo pedir más? Sí, tal vez un clítoris que no se me esconda y una mujer apasionada.

sábado, 12 de julio de 2008

Telegrama

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Dos hombres con nombre parecido en el vecindario. El cartero lleva un telegrama de despido a la persona equivocada.
El despedido sin telegrama acude a su trabajo. A su jefe ya se le ha pasado la bronca y se arrepiente de haber mandado la misiva. Al enterarse que no llegó, nunca más la menciona.
El falso despedido apura el proyecto postergado de abrir su propio negocio que, a decir de los vecinos, resultó más que exitoso.

domingo, 6 de julio de 2008

Un día de mi vida de colectivo

Relato sin adjetivos calificativos

Véanme salir del garage. Todo perfume y limpieza, todo espacio. Y mi chofer comenzando su día con disposición, con humor. Pero lo conozco y se lo efímero de su estado.
En la esquina, dos jóvenes y una señorita: minifalda, piernas y tacos. La mirada del conductor hizo recorrido de ida y de vuelta.
De a poco me voy llenando. Una anciana pone moneditas que la máquina se niega a aceptar, y la cola de los que están abajo se desespera.
¡Alguien que ceda un asiento, por favor! - ruge la voz del chofer. Miradas que se cruzan, desgano, incomodidad; finalmente se levanta el voluntario, la embarazada se sienta y la tensión desaparece.
Una seña de detención llega tarde, y para no dejar el pasajero de a pie, le cierro el paso a un taxi. Gritos y ademanes, improperios e insultos ponen fin a la tranquilidad de mi compañero el chofer.
En la esquina de una escuela, un mar de guardapolvos me inunda y a gotas los voy dejando a cada uno en su casa. Me gusta su alegría, su espontaneidad me hace felíz.
Mi sensación es que transcurre un día como otros, pero algo me dice que a mi conductor no le ocurre lo mismo. Una mujer que subió preguntando por unas calles, encontró respuestas a esa inquietud y a varias más, porque hace rato que los veo conversando. Una frase, una sonrisa, una pregunta y más sonrisas. ¡Que preste más atención que ya tuvimos dos frenadas!
El pasaje se va raleando, vuelve a verse lo espacioso de mi interior, pero el desodorante del inicio trocó en humo, sudores, alientos y encierro.
Ya estamos solos, el chofer, yo... y ella (parece que nos acompaña al garage).
Sean amables conmigo, ¡no me ensucien el asiento de atrás!

viernes, 20 de junio de 2008

Libro

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Un hombre compra un libro en una vieja librería. Leyendo cada capítulo se da cuenta de que lo que le ocurre al protagonista, anuncia lo que a él le va a suceder al día siguiente. Así sabe que su jefe le va a pedir horas extras, que su hijo va traer malas calificaciones y que su esposa prepara una fiesta sorpresa para su cumpleaños. Diversas circunstancias atribuibles al azar no le permiten leer más de un capítulo por día. Cuando él se da cuenta que ese es el mecanismo, decide hacer trampa y leer el final del libro. En el último capítulo al protagonista lo internan, porque un libro que leyó el día anterior lo sacó de quicio.

Años

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Casi 20 de mis 42 años los dediqué a mis 8 hijos. 21 a acompañar a mi esposa y desde hace 4, a mis 2 padres enfermos. En 3 años tendré 45, la mitad de los 90 que vivió mi abuela. Llevo 24 trabajando, me faltan 6 años de aportes y 23 para la edad de jubilarme.
Estos 288 años me pesan en la espalda como una eternidad. Un día de estos me decido y pongo el contador en cero nuevamente.

jueves, 12 de junio de 2008

Celeste y rosa

Dedicado a Adriana


Revancha

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Había tomado una decisión importante. Debía volver a la provincia, volver a ver su casa. La capital finalmente no le dio nada. Ni el bienestar, ni el placer, ni siquiera el aturdimiento que le hubiera servido, aunque más no fuera, para tapar su espesa soledad.
Llevaba pocas cosas en su bolso, algo de ropa, documentos, un cartel y una gruesa soga color arena, arrollada como una víbora asesina.
Llegó. La casa había estado cerrada. El bar “El Amanecer” también, con sus persianas bajas desde la última vez. No estaba sucio, alguien se encargaba de limpiarlo y airearlo cada tanto. Se sirvió un poco de agua de la canilla al pasar por la cocina, como el reflejo de una costumbre infantil. Dejó el vaso un poco más allá. Sus pies lo llevaron como sin quererlo al bar, donde había transcurrido una parte importante de su historia. El tonel de vino, el piano viejo y negro, el piso de madera que crujía bajo su peso, todo estaba como antes. Dejó en el mostrador su bolso y la gruesa cuerda arrollada.
Qué hubiera sido de él si se hubiera quedado. Le hubiera gustado llegar a ser el encargado del establecimiento, bajo la mirada benigna de su padre ya retirado. Pero la verdad era, y esto le dolía mucho, que aún sería el eterno chico de los mandados y mozo de los francos. Cuántas veces había querido tomar responsabilidades en el negocio y su padre no se lo permitió. Como cuando le ofreció encargarse de organizar peñas los sábados compartiendo la ganancia. El padre le dijo que no, y al tiempo se asoció con un amigo para hacerlas.
Miró un poco a su alrededor, miró las mesas, notó lo envejecidas que parecían sin sus manteles. En un cajón del mostrador encontró el viejo libro diario. Se puso a leer las anotaciones, las últimas escritas con un pulso tembloroso. El negocio había dejado de dar ganancias hacía rato. Por eso lo habría cerrado sin informarle nada a él, que recién se enteró al fallecimiento de su padre. Ahora era su propio pulso el que temblaba y sus ojos los que se enrojecían dificultando la lectura. Hubiera querido decirle muchas cosas a su padre, hablarle de su bronca, de su impotencia, de muchas ilusiones perdidas.
Fue hacia donde había dejado sus cosas y comenzó a desenredar la cuerda.
El nunca había cuestionado su autoridad, por qué su padre se había defendido de él como de su peor enemigo. Una vez le contó que estaba enamorado, que quería ahorrar plata para armar su hogar. Tal vez su novia podría trabajar con ellos. La decisión de aceptarla se fue postergando a la vez que su salario iba disminuyendo. “Los negocios van mal”, le repetía su padre.
No quiso dar más lugar a esos recuerdos que lo ponían al borde de la locura. La soga estaba lista y él ya había tomado la decisión.

Sobre el cartel de “El Amanecer” quedo uno más pequeño: “El Nuevo Amanecer, próximamente”, atado fuertemente con un cordel color arena.

jueves, 5 de junio de 2008

Parecidos

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Tengo un tambor en un rincón de la sala. Él escucha las vibraciones del aire. Basta con poner una mano suave en su vientre tenso para darse cuenta. Escucha mi voz, el ladrido del perro, el auto que pasa. Y no dice nada, sólo tiembla. Si lo quieren oír, si lo golpean, entonces sabe sonar. No de cualquier manera, su sonido es todo cadencia y ritmo. Recordando el paso marcial de los ejércitos, el delirio de una samba en Río o el desacato de una manifestación callejera.
Pero me agrada creer que prefiere su condición de escucha, que nos parecemos.

lunes, 2 de junio de 2008

Sólo para escritores

Dedicado a Diego M

Cómo hacer literatura infantil

Es una literatura menor. Todo el mundo cree que el que escribe para chicos es porque no le sale para grandes. Más allá de que esto sea cierto, es una forma de escribir que tiene menos competencia. Si Ud. escribe algo medianamente decente y lo manda al blog de lalunanaranja o a la página de leemeuncuento, por ejemplo, seguramente se lo subirán. Un texto mediocre para adultos no encuentra tan fácil ubicación. Ni qué hablar de la publicación. En tanto en este rubro conozco editores que no leen lo que publican, porque los aburren las historias de animalitos.

Cómo hacer

La literatura infantil abarca un amplio rango de edades. Uno de los problemas que se plantean en cómo escribir adecuadamente para una edad determinada.
Por suerte para ustedes yo tengo un método muy sencillo para resolver esto.
Se trata de escribir primero un cuento normal (eso ya saben, se los enseñé antes), y luego fijarse, de acuerdo a lo tonto que salió, a qué edad lo destinaremos. Después adaptamos un poco los personajes y ¡listo!
Acá va un ejemplo:
Un astronauta se queda solo en el espacio por un desperfecto en su nave. Tiene oxígeno y agua para un par de días. Se da cuenta que los únicos que pueden ayudarlo son los rusos, pero son sus enemigos. Tal vez quieran matarlo si les pide ayuda. No sabe qué hacer. Decide arriesgarse. Los rusos lo salvan cuando casi no le queda oxígeno y nuestro amigo comprueba que son seres humanos igual que él, sólo que juran una bandera diferente.
Releyendo el cuento vemos que el argumento nos salió bastante bobo, un chico de más de ocho años, que usa Internet y maneja la Play Station con una sola mano, nos tira el cuento por la cabeza.
Ahora que determinamos científicamente que está dirigido a un niño de siete años, reescribimos la historia.
Una gacela pasea por el bosque. De repente cae una red encima de ella puesta por los cazadores. Ellos en uno o dos días vendrán a buscarla y la matarán. El único animal que puede ayudarla es el tigre con sus dientes grandes. Pero también es su enemigo y se la puede comer. Elige arriesgarse. El tigre la salva justo cuando venían los cazadores. Ella descubre que el tigre no es malo, mata sólo cuando tiene hambre.
¿La van captando?


Algunos secretos para encarar con éxito la literatura infantil

Cuanto menor es el lector más grande debe ser la letra en que se escriba.
Para los más pequeñitos deberá ser sólo imprenta mayúscula (esto es bastante difícil a mano, aconsejo máquina o computadora).
También van siendo más importantes las ilustraciones y los troqueles, por lo que sugiero aprender a dibujar y escribir textos que se puedan ubicar en forma de conejito, de osito o de perrito.
A medida que disminuye la edad de los lectores, más animalitos hay que poner, si pueden ser feroces haciendo de buenos, mejor (no hay teorías que lo expliquen).

Moraleja

Nadie sabe por qué, pero los cuentos infantiles necesitan moraleja.
La moraleja es una especie de enseñanza que se extrae del relato en forma natural, o un poquito forzada si se necesita.
Vamos a aprovechar el ejemplo anterior para comprobar qué futuro tiene Ud., colega escritor, navegando en el mar de la literatura infantil (linda imagen, ¿no?).
¿Cuál de estas moralejas le parece correcta para el cuento anterior?:
1) Hay que salvar el pellejo, no importa cómo.
2) A veces odiamos al enemigo sin conocer lo bondadoso que es.
3) Si alguien te puede ayudar, no te preocupes que esté rayado.
4) Si ves una gacela en apuros, dále una mano, en una de esas se te dá.
5) Caíste otra vez en la misma trampa, ¿qué le hace una mancha más al tigre?
6) A los tigres viejos nos gustan las gacelitas, hay que esperar que alguna caiga en la red.

Consideraciones finales

No escriban muy largo, los jóvenes nos tienen aún menos paciencia.
No den consejos, para eso están los padres.
Manden algo a ver cómo sale. Y si están ganando plata o fama, avisen.
Colorín colorado.


sábado, 31 de mayo de 2008

Preocupación

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La visión se le había nublado por una fracción de segundo.
“No tengo que preocuparme, fue sólo un instante” se dijo. Después pensó “puede ser que comí pesado al almuerzo”. Pero la realidad es que su vista había disminuido notablemente en ese diminuto instante. Y entonces reflexionó “no tendría que haber leído el diario, trae la letra cada vez más pequeña”.
Fue en un momento cualquiera, él regaba las macetas y de repente sintió que veía las imágenes turbias. Luego se le ocurrió: “puede ser el polen de las plantas que me haya irritado”. Nunca antes le había pasado, que por un infinitésimo de tiempo perdiera la nitidez, y se sentía culpable. “Debería hacerme baños de agua fría todas las noches”, se recriminó. Tal vez empezara mañana.
No sin un dejo de preocupación, se puso a afilar las dagas para la función de esa noche.

viernes, 30 de mayo de 2008

lunes, 26 de mayo de 2008

Arena

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La sombrilla hunde su punta afilada sobre la arena. No le pide permiso. Irrumpe con la prepotencia de sus dueños, que desparraman alrededor lonas, bolsas y carpas. La arena se afloja ante el primer impulso. Pero luego resiste con la fuerza de sus partículas apelmazadas. Tal vez quiera decirle a ese falo metálico que ella ha estado allí por millones de años, que ha resistido los embates del mar, del viento implacable y del sol. Que ha sabido moverse, renovarse y regenerarse para estar siempre igual. Que ha guardado en su interior la vida de infinidad de especies. Que no se opone a ser el esparcimiento estival de los humanos, pero que merece, aunque más no sea por ser dueña del lugar, algo de respeto.

jueves, 15 de mayo de 2008

El ruido

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La primera explicación la dio el Observatorio Geofísico de Punta Indio. Dijo que el frotamiento de las placas tectónicas en las profundidades de la tierra era lo que estaba produciendo el ruido que lo invadía todo. Por supuesto, más tarde cada periodista aderezó esta explicación insulsa con apuntes propios, de dudoso rigor científico.
Durante los días sucesivos, los medios le dieron micrófono a la astróloga Shiranda, que explicó lo de los mundos paralelos que se conectaron por una conjunción planetaria. También dio su opinión el meteorólogo (autodidacta) Otto Schiler que aseguró que en el interior de la tierra había vientos y tormentas. Pero la explicación que más sorprendió fue la del Psicólogo Nardini, para quien todo era fruto de una ilusión colectiva, basada en el uso a excesivo volumen de los MP3s y el deseo inconsciente de no escuchar la voz interior de cada ser humano.
Eso fue durante el primer tiempo, cuando éste era el tema de todos. Con los meses, a pesar de que el ruido no aminoraba, las noticias cotidianas: crímenes, inflación o silicona mal colocada, volvieron a tener su importancia. La gente se habituó a usar tapones en lo oídos la mayor parte del tiempo, a ver televisión con auriculares y a acompañar las conversaciones cotidianas con señas de sordomudos, que al tiempo, reemplazarían totalmente a la fonética.
Algunos, como siempre, se vieron beneficiados. Los que apostaron a que el fenómeno iba para largo y se pusieron a desarrollar y vender productos tales como: despertadores vibrantes, megáfonos de bolsillo y superamplificadores de música. Los que empezaron a ofrecer vacaciones en SPAs cuya única instalación era una aislamiento sonoro. Y finalmente las iglesias que veían aquí claramente el sello de Satanás y llamaban a la redención, siempre a través del diezmo.
El resto de la población se adaptaba con mayor o menor dificultad al fenómeno.
La mañana del 8 de octubre las cosas dieron un vuelco.
El intendente habló por la cadena oficial para anunciar que el ruido había cesado, acompañado de un traductor para sordos que tal vez no hubiera hecho falta, pero que tenía contrato por dos años más. Se decretó asueto y la gente festejó en las calles y en la plaza central, el final de su martirio acústico.
Al día siguiente la euforia se había disipado y muchos cuestionaban que este silencio fuera lo mejor.
Sordos e hipoacúsicos, a los que se le unieron naturalmente los que vivían al costado de la vía del tren y los operarios de martillos neumáticos, opinaron que preferían el ruido, que los hacía sentir de igual a igual con el resto.
En el club Progreso y Deporte se empezaron a reunir padres de familia cuyas esposas, suegras y madres habían vuelto a parlotear todo el día. Alguien hizo notar que tal vez nunca habían dejado de hacerlo.
Los que más tardaron en quejarse, pero tal vez los que inclinaron la balanza, fueron los parcos del lugar. Como en todo pueblo eran muchos los que sólo se expresaban en monosílabos, los que pasaban días sin emitir vocablo y los hombres que estaban solos por no haberse animado a hablarle a la mujer se sus sueños.
Las autoridades no pudieron hacer oídos sordos a estos reclamos y dispusieron que la sirena de los Bomberos Voluntarios sonase durante todo el día, volviendo las cosas a la normalidad.

Santa Rita


jueves, 8 de mayo de 2008

Confiterías de Buenos Aires

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Dedicado a Andrea

De hoy no pasa.
Esta es la quinta vez que nos encontramos. Y todavía no me animé.
Sé lo que pasa. Los lugares donde nos citamos no son los adecuados, siempre frente a frente en la mesa de un bar o de un restó. Es muy difícil encontrar intimidad a tanta distancia.
Alguna vez pensé que sería útil buscar en Buenos Aires alguna confitería con sillones, luz suave, música romántica…allí las cosas se darían solas. Pero la verdad es que nunca tengo tiempo de salir a recorrer.
Con Bibi nuestras charlas siempre fueron animadas, nos divertimos y hablamos de cosas serias, hasta llegó a contarme detalles íntimos de su vida. Pero lo que no me animé fue a tomarle la mano y a decirle frente a frente lo que siento. Hoy lo voy a hacer aunque me cueste, no soporto que nos sigamos citando como amigos. Al menos este bar tiene un poco de música.
-Hola Carlos, ¿Cómo estás?
-Muy bien, Bibi ¿y vos?
-Bien, con muchas cosas para contarte.
-Yo también tengo algo importante para decirte.
-Genial, te escucho, Carlos.
-No, primero decime vos.
-Bueno, te cuento. El lunes a la tarde un compañero de trabajo me confesó que está interesado en mi, que quería que saliéramos. Yo no había reparado mucho en él, pero es simpático y parece buen tipo.
-¡Pero no lo conocés!
-No, pero trabaja en la empresa. Pensé en ese momento: hace meses que rompí con mi ex, es hora de que me dé otra oportunidad, por lo menos para ver qué pasa. Y acepté, nos vimos el martes y ayer pasamos la noche juntos. ¿No es genial?
-Pe… pero no sé si es el adecuado…
-Vas a ver que sí cuando te lo presente, le conté de vos y te quiere conocer. Bueno, ya hablé bastante, ¿Qué tenías para decirme?
-Nada especial Bibi: que tengo decidido empezar a recorrer confiterías de Buenos Aires. Creo que de hoy no pasa.

lunes, 21 de abril de 2008

Edades

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La obra recorre tres etapas en la vida de una famosa mujer. En el primer acto Lucy se maquilla con colores suaves, calza zapatillas y sale a escena como una joven adolescente. En el segundo acto endereza su postura desgarbada, cambia a una peluca rojiza y afloja en parte su rostro, para que surjan algunas marcas gestuales. En el tercer acto, Lucy muestra su propio cabello blanco y se ha quitado el rígido sostén de alambre y sus dientes postizos, arrancando del público, como todas las noches, una fuerte ovación.

martes, 25 de marzo de 2008

Recuerdos

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Estoy mirando atardecer en la cocina de la casa de mi abuela Dominga. Mamá me dijo que a la vuelta de la escuela, en vez de ir a casa, viniera aquí. La taza de leche es grande y sin manijas y los pancitos con manteca y azúcar están doblados al medio. “Yo te hago los libritos, así no te ensuciás” me dice la Nonna. Nunca más vi a nadie hacer libritos de pan. Me gusta, pero estoy un poco triste. Porque es triste ver un atardecer invernal en el fondo de esa casa o tal vez por la ausencia de mi madre.
La casa de la abuela tiene rincones oscuros. La luz del comedor casi no se enciende y el reflejo de la cocina apenas lo ilumina. Me aburro esperando que mi mamá venga a buscarme. Le pido hilo a la Nonna, que me da un poco del que guarda para atar matambres y busco papel, marrón si se puede, para hacer un improvisado barrilete. Lo consigo en un armario, entre unos pocos periódicos. Yo sé que los barriletes no son así, mi papá dice que como ahora hay cables en la calle, los verdaderos no se pueden remontar. Le ato un hilo al papel y corro alrededor de la mesa grande entre la penumbra..
Si lo que encuentro es una bolsa de papel, mejor, la inflo y la reviento entre mis manos. Sé que la Nonna guarda esas bolsas para guardar cosas, pero igual no me dice nada. Sólo mira el reloj del comedor de vez en cuando.
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Es sábado o domingo, estoy jugando en el patio. Mi papá se trajo del negocio carpetas repletas de papeles para trabajar. No hay que molestarlo. Me encanta como tira los bollos de las hojas que va descartando en el suelo. Mucho más me gusta la lapicera nueva que tiene. Es una birome azul con punta plateada, escribe en un azul-violeta y con un “click” la punta se guarda. Mi mamá dice que a esas lapiceras siempre las termina perdiendo, pero ésta hace un tiempo que la tiene. No se la puedo pedir para hacer “click” porque la está usando.
Estoy pensando en los barriletes y aunque sé que no se pueden remontar por los cables, quisiera que mi papá me haga uno. Se lo pediría, pero está trabajando. Le voy a preguntar algo de los barriletes. No está bien que lo haga, porque se va a enojar. Dice que no lo dejamos trabajar.
Le pregunto: “¿Papá, qué forma tienen los barriletes?”, y me preparo para la reprimenda.
Para mi sorpresa, deja lo que estaba haciendo, toma unos papelitos abrochados para anotar (ahora veo que eran talones de recibos), hace “click” con su birome y me dibuja: la estrella, la bomba, el rombo y todos los que entran en ese diminuto papelito. Lo hace cruzando primero las líneas que representan las cañas y luego uniendo sus extremos. Me vuelvo a jugar al patio, más que contento con el papelito y la promesa (no dicha) que pronto haremos uno de verdad.
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La escuela está lejos. Si voy con mi mamá, por más que me apure no puedo seguirle el paso. Siempre camina así, esté apurada o no. Cuando me retraso, corro un poquito y me pongo a la par, siempre de la mano. Igual me encanta salir con ella. Sé cuando vamos a ir lejos porque se pinta los labios.Vamos a Lomas, por ejemplo, de compras. Me muestra como se pone rouge. De un saque se colorea ambos labios haciendo un círculo, me maravilla su pulso. Como ve que la miro con atención me explica: “Algunas mujeres se pintan un labio y cierran la boca para que se pinte el otro, pero la pintura queda opaca, así queda perfecto”.
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A veces los domingos a la siesta la abuela Susana nos lleva, a mi hermana y a mi, a caminar. Siempre quiero contar las cuadras que hacemos, pero me olvido por la mitad. Vamos por calles que no conozco y volvemos a casa por una dirección distinta a la que salimos. A ella le encanta encontrarse con conocidos. Los saluda cuando los ve en algún jardín y sino, golpea para que salgan. Al comienzo de la charla, la abuela nos presenta y tenemos que decir nuestra edad y cómo vamos en la escuela. Luego hablan entre ellos de vecinos que se murieron y enfermedades de todo el mundo. Un poco los escucho, pero al rato, le tiro del vestido a la abuela para que sigamos. “Esperá que tengo que decirle algo más”, me repite a cada tirón, hasta que logro (logramos) que siga caminando.
Hoy hay poca gente en la calle porque hace muchísimo calor. La abuela nos pregunta si queremos ir a casa de Celina, la madre de Damián y José. Le decimos que si, pero que nos gustaría más ir a tomar un helado. Damián y José hicieron su primaria en nuestra escuela y deben estar estudiando en otra parte, porque en el Sagrado Corazón de María, no hay secundaria. Lo extraño es que continúan siendo monaguillos (las hermanas tuvieron que hacer túnicas más grandes para ellos). Los domingos los vemos en la misa y luego se quedan conversando con la gente en la puerta, no sé para qué. Celina va muy bien vestida y sé que se queda para que la feliciten por los hijos que tiene.
Llegamos a su casa y nos recibe entre contenta y sorprendida. Entramos y nos sentamos en un patio cubierto por una parra llena de uvas. Celina le pregunta a mi abuela si queremos tomar algo. “Sí, los chicos querían tomar helado” dice la abuela Susana. Yo siento una vergüenza atroz y me arrepiento de haberle pedido ir a la heladería. Celina llama a Damian, le da plata y le hace el encargo. Comemos el helado cuando casi esta oscureciendo.

martes, 15 de enero de 2008