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martes, 21 de abril de 2009

Sentidos

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La manija de la puerta vaivén del bar se notaba fría. La empujé con decisión y entré. El salón parecía estar bastante lleno de gente, se escuchaba un murmullo alto y algunas risas disonantes. Un profundo olor a café torrado invadía el lugar, debía ser la especialidad de la casa.
Ni bien entré, escuché la voz de de Matilde que me llamaba. Estaba sentada en una mesa de la izquierda.
Nos dimos un beso en la mejilla. Sentí que no era un beso indiferente, que realmente tenía ganas de verme. Estando tan cerca percibí que había cambiado su perfume por uno más floral y no tan fino. Me senté frente a ella. La silla era de madera rugosa, pero bastante cómoda. La mesa tenía mantel de algodón y le habían puesto un vidrio por encima para protegerlo.
Apenas después del saludo, Matilde me comenzó a contar lo que la preocupaba: una situación de celos con su hermana. Escuchaba su voz recortada en el fondo del ruido general, en una mesa vecina algunas docentes discutían sobre un paro y en otra unos jóvenes hablaban de fútbol.
El aroma de café prometía un sabor mejor del que ofreció. Tal vez el paquete haya tomado un poco de humedad, por suerte las masitas que lo acompañaban estaban hechas del día.
Escuche un rato a Matilde. Su tono se iba poniendo más calmo a medida que hablaba y el tema viró hacia situaciones más divertidas, se ve que estaba necesitando compartir sus cosas con alguien, y a mi me gusta escucharla. Me gusta Matilde. Me gusta sentarme con ella a tomar un café y me siento bien cuando pongo mi mano sobre su brazo para caminar, tiene una piel firme con un vello suave.
Conversamos y nos reímos un largo rato. Luego pagamos el café y me acompañó a la parada del ómnibus. El beso de despedida fue aún más afectuoso que el de recibimiento.
Estoy ilusionado con ella, pero voy despacio porque sé que para Matilde no va a ser una decisión fácil.
Igual no puedo dejar de imaginarme lo hermoso que puede ser la vida juntos: mimarnos, acompañarnos, querernos. Yo voy a ser quien siempre la escuche, y ella, los ojos que no tengo.
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sábado, 29 de noviembre de 2008

Sutil exquisitez

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Uno de los lugares preferidos por las empresas de producción de largometrajes de todo el mundo que vienen a filmar a Buenos Aires, es el puente de hierro de calle Ituzaingo. Construido sobre las vías del Roca a cinco cuadras de la estación Constitución, se conserva aun en perfecto estado con sus vigas unidas a remaches y su calzada empedrada.
En marzo del 2007 filmó allí parte de su película “Sur le Pont” Philipe Lagrange, un director de cine francés de temáticas un poco encriptadas, pero con muchos seguidores.
Había preparado el escenario-puente para varias secuencias que se irían intercalando a lo largo de la película. En algunas la pareja protagónica hablaba, en otras discutía y en otras sólo se miraba.
A pesar de todas las precauciones tomadas durante el rodaje, se cruzó en la escena uno de los travestis que habitualmente espera clientes en esa esquina. Lo hizo en el otro extremo del puente, por detrás. Ni el director ni los asistentes lo vieron en ese momento, aunque sí días más tarde, cuando se reveló la película. De haberse hecho en forma digital y revisado en el momento, se hubiera hecho una retoma, pero Lagrange consideró que no valía la pena dedicar otro día a repetir esa escena.
La película se terminó y se estrenó en Paris en el mes de agosto.
La historia que en ella se relataba, era la de una joven pareja unida por un amor muy visceral, signado por continuas rupturas. El puente era el símbolo, el lugar de unión y desunión. El travesti local, devenido en extra, aparecía en la última, donde sin mucha explicación la pareja se besaba para luego separarse. Entonces cámara se alejaba y el tema musical de fondo daba ingreso a los títulos del final.
No tuvo, a pesar de la expectativa, buenos comentarios de la crítica y el público decayó en pocas semanas. Estaban por retirarla de cartel cuando sucedió algo inesperado.
Monsieur Chercheur, crítico de Le Monde y seguidor de Lagrange, después de ver varias veces la película, publicó en una nota de página destacada, el descubrimiento del verdadero sentido de esta obra genial. El protagonista deja a su pareja porque decide asumir su homosexualidad. Varios indicios escondidos a lo largo del film lo predicen, pero lo confirma el fantástico final donde un travesti cruza la imagen como el alter ego del protagonista, una sutil exquisitez.
A partir de ese momento las salas volvieron a llenarse y “Sur le Pont” tuvo el éxito merecido.

jueves, 6 de noviembre de 2008

Una hora de baile

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Sé que ésta es la última canción del Long Play. Voy hasta el Winco, que con un par de bafles conectados, está por apagarse automáticamente. Tomo el disco y lo doy vuelta, poniéndolo en la parte alta del eje y trabándolo con la horquilla. Roberto Carlos no comenzó con su “Detalles” que ya estoy abrazando nuevamente a Mirta.

Casi todo tercer año del Nacional había ido al cumpleaños de quince de Isabel. La fiesta se hizo en su casa, un lindo chalet de Banfield, cerca de la estación. En el frente estaba escrito su nombre en una letra cursiva metálica. Los muchachos llevaban saco, alguno lucía un cuello estilo Napoleón. Estaban de moda, pero había que animarse a usarlos.
La fiesta transcurría en el comedor de la casa y en un patio techado que había en la parte de atrás. Allí se había armado el baile.

La púa se desliza entre las canciones siempre dulces de Roberto Carlos. En cada silencio nuestros cuerpos toman distancia para luego acomodarse en un abrazo aún más estrecho. La siento dócil, fácilmente mis brazos rodean su delgadez. En algún momento ya no bailamos, sólo nos estrechamos en un pequeño balanceo.

Una parte importante de la fiesta había transcurrido. El momento del vals, el del brindis y un buen rato de música movida. Como costumbre, todos llevaban algún disco a préstamo para que hubiera variedad. Como si fuera una discoteca, a toda esa descarga de energía con imitación de pasos de “Música el Libertad” y “Alta Tensión”, le siguieron unos temas lentos. Muchas parejas se quedaron en la pista. Darío recorrió la sala mirando a quien sacar a bailar. De repente su mirada se cruzó con la de Mirta. Era compañera de curso, unos pupitres más adelante.

No tenemos palabras para decirnos. Algo hemos hablado los primeros minutos, pero ya no. Sólo nos abrazamos y nos dejamos recorrer por una corriente de ternura y excitación. Nuestros cuerpos pujan por juntarse cada vez más, vamos encontrando nuevas maneras de acomodarnos. Siento el calor de su cuerpo y ese aroma mezcla de transpiración reciente con perfume de jazmín. Deseo que esto dure una eternidad.

Era una chica muy delgada, calladita, estudiosa. Darío nunca había reparado demasiado en esa compañera. La invitó a bailar y ella aceptó. Cuando comenzaron estaban un poco distantes: él tomaba a Mirta de la cintura y ella había apoyado sus antebrazos sobre el pecho de él, marcando la distancia prudente. Poco a poco ella fue aflojando la presión de sus brazos hasta que rodeó con ellos en cuello de Darío. La pista estaba llena y la luz no era demasiada, alguien había apagado algunas lámparas para crear un poco de clima.

Estoy experimentando algo nuevo que no puedo describir. Pero no hay otras caricias, no hay palabras, ni un primer beso que cambie nuestro status de simple pareja de baile. Tampoco lo deseo, no quiero ser el novio de Mirta. Sólo quiero abrazarla y sentir que ella también lo quiere.

Bailaron cerca de una hora. Darío encontró un disco de Roberto Carlos y lo hizo correr de ambos lados. Casi al final se encendieron las luces y se anunció que las cintas de la torta los esperaban. Mirta miró por un instante a Darío como esperando una palabra que él no dijo. Luego fue a reunirse con el resto de las chicas.

En cada canción presiento que el momento maravilloso se termina, que no puede durar este encantamiento. Finalmente la profecía se cumple. Se cortó la música y estoy de frente a ella. No nos habíamos mirado casi. No tengo nada para decirle salvo un “gracias”. Ella duda un segundo y luego se va.

El lunes siguiente se vieron como si nada hubiera ocurrido. Ninguno de los dos hizo comentarios. Tampoco los hubo de los compañeros, nadie había reparado en ellos la noche del sábado.
Lo que quedaba del año y hasta el fin de la secundaria, cuando dejaron de verse para siempre, transcurrió como si esa noche no hubiera existido.
Fue sólo una hora de baile. Pero para Darío fue más que eso, fueron cientos, miles de horas. Una imagen evocada, repetida y revivida, cada vez que el destino fue generoso y puso en sus brazos un cuerpo de mujer.

domingo, 7 de septiembre de 2008

La señal

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Para mi la fe siempre ha sido lo más importante. Lo que guió mi vida. Por lo menos hasta que sucedió lo que vengo a narrarles.
Dios me concedió el don de la fe, y yo tomé los hábitos para convertirme en su más humilde y fiel servidora. Nada en el mundo tenía más valor que luchar por la gloria y la grandeza de Su nombre.
Mi vida de entrega y oración la desarrollaba en el convento de las Hermanas del Santo Consuelo. Rezaba varias veces al día, pero mi conversación especial con Dios (siempre a través de Su Hijo, como Él nos enseñara) era por la mañana temprano. Le agradecía a Jesús el nuevo día que nos regalaba y porque gracias a su pasión y muerte nos liberó a todos del pecado. Y en particular por todo lo que me había dado a mí, incluyendo esta fe, que es creer en lo que no se ha visto. Yo no necesitaba ver para creer.
A veces, en mi oración matinal además de agradecimientos, incluía pedidos: que ilumine al Sumo Pontífice para que guíe bien a la Iglesia, que dé salud a mis padres por muchos años, que se despierten vocaciones sacerdotales...

Una mañana, no sé si a ustedes les pasa que a la mañana les llegan las ideas más extrañas, una mañana, decía, se me ocurrió pedir que me diera una señal.
- Señor, tu que te apareciste al Apóstol Tomás y le mostraste las llagas de tus manos, dame una señal de que escuchas mis plegarias - le rogué.
No consideraba que fuera excesivo, porque cinco años de hermana, dos de novicia y uno de postulante, bien merecían esa señal. Y todo este tiempo con una dedicación y comportamiento intachables. No como otras hermanas que tenían sus vaivenes, y se interesaban por otras cosas distintas de la oración.
Al tiempo, el pedido de una prueba, como la voz de Dios cuando detuvo la mano de Abraham para que no sacrificara a su hijo Isaac, se me ocurrió incluirla en otros rezos del día. No es que pensara que Cristo no me oiría por la mañana, pero supuse que si repetíamos el avemaría unas doscientas veces al día, debía ser por algo. La repetición algún efecto tendría sobre el Reino de lo Cielos.
Unas semanas después, prácticamente todas mis plegarias consistían en el pedido de esa pequeña prueba.
- Padre, si enviaste a la Virgen de Lourdes a Santa Bernardita, envíamela también y me colmarás de dicha.
Un día, o mejor dicho una noche, sucedió algo que cambiaría todo.

Le había pedido permiso a la Madre Superiora para ir a rezar sola a la capilla después de la cena. Era un aniversario de mi ordenación y pensé en hacer una oración extra de mi pedido. Toda mi vida se la dedicaría al Espíritu Santo, si recibía esa mínima señal.
Estaba sola en el oratorio ocupada en mis menesteres, cuando un temblor sacudió la capilla dejando en un balanceo pendular, cuanto podía tener movimiento. Inmediatamente, una luz fuertísima atravesó uno de los vitrales laterales. Era mi preferido: la imagen del Espíritu Santo haciendo a los Apóstoles hablar en lenguas. Casi simultáneamente pude escuchar una voz ronca y lejana diciendo “cree”.
Como podrán imaginar, quedé fuertemente conmocionada por lo que había vivido, y no pude conciliar el sueño en toda la noche.
A la mañana siguiente pregunté, sin contar nada, si alguien había sentido algo, pero no, ni siquiera el temblor. Tal vez se sintió sólo en la capilla porque es el edificio más alto y está un poco aislado del resto del convento. Ese día me costó mucho concentrarme en las oraciones, mi cabeza estaba en otra cosa. Aproveché entonces la tarde del martes, que es libre, para ir a la biblioteca pública. En crónicas viejas de la ciudad pude comprobar que se registraron movimientos sísmicos en otras épocas y, aunque hacía ochenta años que no ocurría, bien podría repetirse. Esa semana todas mis actividades, incluida la oración, fueron mecánicas, no podía concentrarme en esas pequeñeces. El martes siguiente fui a casa de mis padres y aproveché para hablar por teléfono con una amiga de la secundaria que sabía del tema. Logré que mandara un e-mail a un destacamento militar, cerca de la capital, que tenía instalado el sismógrafo más cercano. La respuesta no fue buena: la semana anterior estuvo fuera de servicio por una modernización de parte del equipo.
Lo de la luz también lo estaba investigando. Para el festejo de los 100 años de la ciudad, hacía tres semanas, la municipalidad había alquilado un par de reflectores gigantes que iluminaban el cielo como en Hollywood. Si aún no se habían devuelto, seguro probando uno de ellos fue que se iluminó el vitral.
Tuve que pedir algunos días más de salida en la semana. Estaba segura que Dios me iba a perdonar, porque tuve que enfermar a algunos parientes.
Un conocido de mi padre trabajaba en la municipalidad y tuvo acceso a los registros en donde figuraba que los reflectores aún no se habían regresado. Pero el jardinero que trabajaba en el convento, y que participó en la organización de los actos del centenario, me dijo que todo se devolvió la misma noche. Averigüé por un ex concejal que a veces se alquilaba equipo por un día haciendo figurar que era por más tiempo, así quedaba plata para la campaña electoral.
Me sentía inútil e incómoda en el convento, todo lo que tenía que investigar estaba allá afuera. Cansada de inventar excusas, que a veces no recordaba o se contradecían, decidí pedir una licencia. Por supuesto que eso no existe para una hermana del Santo Consuelo, pero yo le dejé el aviso escrito a la Madre superiora y me fui.
Me quedaba el tema de la voz, tal vez podría ser un carrero pasando que, con voz ronca como suelen tener, le gritara “arre”, y yo creí escuchar “cree”. Con más razón el grito debió ser fuerte, si había un temblor y el hombre estaba asustado.
Había cuatro vecinos que tenían carro y transitaban por esas calles. Hablé con tres de ellos y no recordaban haber pasado por allí esa noche. El que restaba había viajado a otra ciudad a ver unos parientes y volvía en unos días.
Ya había conseguido datos de otro sismógrafo y de una entidad internacional a donde se informaba toda novedad de actividad sísmica. No tenía las direcciones electrónicas, pero al primero podría ir, eran sólo cinco horas de ómnibus, y al segundo le enviaría el pedido por correo tradicional.
Tuve que dejar de usar los hábitos porque no me resultaban cómodos para investigar y hacer preguntas.

Hoy regresa el dueño del carro que estoy esperando. Después de hablar con él, viajo a la capital a ver una discoteca que alquiló los reflectores inmediatamente después que nuestra municipalidad, para saber qué día les llegaron. En cuanto al sismógrafo, como es una estación automática, tengo que esperar al jueves que es el día de mantenimiento.
Como ven, no me está resultando fácil la investigación, pero creo que ya estoy cerca de comprobar el origen real de los hechos.
Cuando termine volveré tranquila a mi vida de fe y oración. Porque para mi tener fe es creer en lo que no se ha visto.

jueves, 12 de junio de 2008

Revancha

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Había tomado una decisión importante. Debía volver a la provincia, volver a ver su casa. La capital finalmente no le dio nada. Ni el bienestar, ni el placer, ni siquiera el aturdimiento que le hubiera servido, aunque más no fuera, para tapar su espesa soledad.
Llevaba pocas cosas en su bolso, algo de ropa, documentos, un cartel y una gruesa soga color arena, arrollada como una víbora asesina.
Llegó. La casa había estado cerrada. El bar “El Amanecer” también, con sus persianas bajas desde la última vez. No estaba sucio, alguien se encargaba de limpiarlo y airearlo cada tanto. Se sirvió un poco de agua de la canilla al pasar por la cocina, como el reflejo de una costumbre infantil. Dejó el vaso un poco más allá. Sus pies lo llevaron como sin quererlo al bar, donde había transcurrido una parte importante de su historia. El tonel de vino, el piano viejo y negro, el piso de madera que crujía bajo su peso, todo estaba como antes. Dejó en el mostrador su bolso y la gruesa cuerda arrollada.
Qué hubiera sido de él si se hubiera quedado. Le hubiera gustado llegar a ser el encargado del establecimiento, bajo la mirada benigna de su padre ya retirado. Pero la verdad era, y esto le dolía mucho, que aún sería el eterno chico de los mandados y mozo de los francos. Cuántas veces había querido tomar responsabilidades en el negocio y su padre no se lo permitió. Como cuando le ofreció encargarse de organizar peñas los sábados compartiendo la ganancia. El padre le dijo que no, y al tiempo se asoció con un amigo para hacerlas.
Miró un poco a su alrededor, miró las mesas, notó lo envejecidas que parecían sin sus manteles. En un cajón del mostrador encontró el viejo libro diario. Se puso a leer las anotaciones, las últimas escritas con un pulso tembloroso. El negocio había dejado de dar ganancias hacía rato. Por eso lo habría cerrado sin informarle nada a él, que recién se enteró al fallecimiento de su padre. Ahora era su propio pulso el que temblaba y sus ojos los que se enrojecían dificultando la lectura. Hubiera querido decirle muchas cosas a su padre, hablarle de su bronca, de su impotencia, de muchas ilusiones perdidas.
Fue hacia donde había dejado sus cosas y comenzó a desenredar la cuerda.
El nunca había cuestionado su autoridad, por qué su padre se había defendido de él como de su peor enemigo. Una vez le contó que estaba enamorado, que quería ahorrar plata para armar su hogar. Tal vez su novia podría trabajar con ellos. La decisión de aceptarla se fue postergando a la vez que su salario iba disminuyendo. “Los negocios van mal”, le repetía su padre.
No quiso dar más lugar a esos recuerdos que lo ponían al borde de la locura. La soga estaba lista y él ya había tomado la decisión.

Sobre el cartel de “El Amanecer” quedo uno más pequeño: “El Nuevo Amanecer, próximamente”, atado fuertemente con un cordel color arena.

jueves, 15 de mayo de 2008

El ruido

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La primera explicación la dio el Observatorio Geofísico de Punta Indio. Dijo que el frotamiento de las placas tectónicas en las profundidades de la tierra era lo que estaba produciendo el ruido que lo invadía todo. Por supuesto, más tarde cada periodista aderezó esta explicación insulsa con apuntes propios, de dudoso rigor científico.
Durante los días sucesivos, los medios le dieron micrófono a la astróloga Shiranda, que explicó lo de los mundos paralelos que se conectaron por una conjunción planetaria. También dio su opinión el meteorólogo (autodidacta) Otto Schiler que aseguró que en el interior de la tierra había vientos y tormentas. Pero la explicación que más sorprendió fue la del Psicólogo Nardini, para quien todo era fruto de una ilusión colectiva, basada en el uso a excesivo volumen de los MP3s y el deseo inconsciente de no escuchar la voz interior de cada ser humano.
Eso fue durante el primer tiempo, cuando éste era el tema de todos. Con los meses, a pesar de que el ruido no aminoraba, las noticias cotidianas: crímenes, inflación o silicona mal colocada, volvieron a tener su importancia. La gente se habituó a usar tapones en lo oídos la mayor parte del tiempo, a ver televisión con auriculares y a acompañar las conversaciones cotidianas con señas de sordomudos, que al tiempo, reemplazarían totalmente a la fonética.
Algunos, como siempre, se vieron beneficiados. Los que apostaron a que el fenómeno iba para largo y se pusieron a desarrollar y vender productos tales como: despertadores vibrantes, megáfonos de bolsillo y superamplificadores de música. Los que empezaron a ofrecer vacaciones en SPAs cuya única instalación era una aislamiento sonoro. Y finalmente las iglesias que veían aquí claramente el sello de Satanás y llamaban a la redención, siempre a través del diezmo.
El resto de la población se adaptaba con mayor o menor dificultad al fenómeno.
La mañana del 8 de octubre las cosas dieron un vuelco.
El intendente habló por la cadena oficial para anunciar que el ruido había cesado, acompañado de un traductor para sordos que tal vez no hubiera hecho falta, pero que tenía contrato por dos años más. Se decretó asueto y la gente festejó en las calles y en la plaza central, el final de su martirio acústico.
Al día siguiente la euforia se había disipado y muchos cuestionaban que este silencio fuera lo mejor.
Sordos e hipoacúsicos, a los que se le unieron naturalmente los que vivían al costado de la vía del tren y los operarios de martillos neumáticos, opinaron que preferían el ruido, que los hacía sentir de igual a igual con el resto.
En el club Progreso y Deporte se empezaron a reunir padres de familia cuyas esposas, suegras y madres habían vuelto a parlotear todo el día. Alguien hizo notar que tal vez nunca habían dejado de hacerlo.
Los que más tardaron en quejarse, pero tal vez los que inclinaron la balanza, fueron los parcos del lugar. Como en todo pueblo eran muchos los que sólo se expresaban en monosílabos, los que pasaban días sin emitir vocablo y los hombres que estaban solos por no haberse animado a hablarle a la mujer se sus sueños.
Las autoridades no pudieron hacer oídos sordos a estos reclamos y dispusieron que la sirena de los Bomberos Voluntarios sonase durante todo el día, volviendo las cosas a la normalidad.

domingo, 19 de agosto de 2007

El Beso (parte 1)

Quién sabe por qué ocurren ciertas cosas. Si la vida fuera lineal, sencilla, si todo fuera lógico, pasaría sólo lo que debe pasar, y nada más.
Durante los últimos meses estuve particularmente ocupada, desde que a la idea de casarnos se le puso día y hora. Entonces mis tareas se multiplicaron, de una lista original de lo que había por hacer: invitaciones, buscar salón, servicio, vestido, etc., empezaron a abrirse flechitas hasta el infinito.
Por suerte me lo tomaba con calma. Estaba segura que de última las cosas saldrían, mejor o peor, y en tres meses sería la esposa de Martín.
A veces me parecía que casarse era sólo una convención, firmar un papel. Pero otras entreveía que mi vida cambiaría profundamente. La pregunta que infaltablemente me hacía todos los días era: ¿estoy realmente enamorada? Sí, lo quería. Pero había días en que la respuesta no resultaba tan contundente, para esas veces se me había ocurrido un recurso. Consistía en hacer una lista de lo que deseaba de un hombre: que sea trabajador y tenga futuro, que tenga buenos modos, que sea prolijo, que sepa escuchar y que me ame. Todo eso Martín lo cumplía y más. Entonces me quedaba tranquila y pensaba en otras cosas, por ejemplo, cómo sería la vida de casada. Una casa requiere de muchas tareas que no estaba segura de dominar.
Aún no convivíamos, estabamos refaccionando el PH que adquirimos y la idea era que estuviera listo para la vuelta de la luna de miel. Pensábamos casarnos y después habitarlo, al estilo de nuestros padres, pero más porque las cosas se dieron así que por convicción. En algún momento se me cruzó por la mente que ambos deseabamos complacer a nuestros padres, podría ser.
De estas cosas conversaba a veces con mi amigo Miguel. Él le decía que Martín y yo hacíamos una linda pareja y, cuando le hablaba de mis inseguridades, respondía que siempre surgen dudas antes de concretar algo realmente importante.
- Adriana, si no tuvieras dudas antes de dar un paso así, serías irresponsable – me decía.
Pensaba entonces que Miguel era muy generoso, porque en ralidad no simpatizaba mucho con Martín. Y Martín le correspondía con el mismo sentimiento y era duro al momento de juzgarlo, decía entre otras cosas, que era homosexual.
Miguel me apreciaba de corazón. Me contaba todo lo que pasaba por su vida, en especial las diferencias que tenía con su madre, una mujer dominante que no aceptaba que su hijo ya era adulto. Lo conocía de la primaria y aunque luego no seguimos en la misma escuela, seguimos siendo amigos y nos hablábamos por teléfono al menos una vez a la semana.
Justo un mes antes de la fecha del civil, Clara, Cyntia y Andrea me hicieron saber que pensaban organizarme una despedida en el Golden.
- Gracias chicas, pero no quiero ir a ningún espectáculo de strippers.
- No puede ser que te cases con tu primer novio y no conozcas algo más, aunque sea en un aspectáculo - dijo Clara.
- No necesito conocer a nadie. Quiero a Martín y no lo comparo.
Pero mis amigas insistían. Decían que casarse con el primer novio tenía sus cosas buenas, pero que si pensaba vivir toda la vida con él, me quedaban sólo estos días para, al menos, pasar una noche con otro hombre. A mi este razonamiento me parecía traído de los pelos.
- No me interesa conocer a otro hombre. Y tener sexo con un hombre no es necesariamente conocerlo. ¿Por qué no me hacen una despedida normal en un lugar tranquilo?
Pero mis amigas insistían. Proponían ir a un boliche que disponía de unos reservados como para tener intimidad sin salir del lugar. Yo había escuchado de despedidas de solteras en las que había pasado de todo y buscaba la manera de contentar a mis amigas al menor costo posible.
- Si con eso están tranquilas, me ofrezco a darle un beso, sólo un beso, al muchacho que ustedes quieran, pero vamos a una confitería normal, iluminada y sin cosas raras.
Cyntia y Carla se miraron, cruzaron unas palabras con Andrea y aceptaron la oferta.
- El sábado a las once de la noche en la confitería “Submarino Amarillo” de Palermo Hollywood, ¿está bién?- concretó Cyntia.
- Nos encontramos allí – le dije, aliviada de haber superado el trance con una oferta mínima.
¿Cómo harán para convencer a alguno de otra mesa para que acepte besarme? Debe ser que conocen a alguien, el mozo tal vez. En una de esas el sábado va otro mozo y la prenda se da por hecha sin cumplirla.
La semana me pasó volando resolviendo detalles de la boda y relajada porque la despedida venía sin sorpresas.

Cuando llegué a la confitería estaban todas esperándome. Tal vez las demás se citaron un rato antes. Además de Clara, Andrea y Cyntia, había veinte chicas más. Me emocioné mucho al reencontrarme con compañeras de la secundaria, con mis primas y amigas que hacía tiempo no veía. Evidentemente Clara había tomado en secreto datos de mi agenda para convocarlas. Todas me preguntaban detalles de la boda y el viaje de luna de miel, me sentía como una actríz en la premiere de su mejor película.
Pasamos casi dos horas riéndonos, contando historias y actualizándonos de nuestras vidas. Luego sucedió algo inesperado. Estaba distraída mirando hacia la puerta cuando veo aparecer entre la gente a Miguel. Pensé que estaría allí de casualidad, pero lo vi acercarse directamente mi mesa. Estaba muy elegante. Clara también lo vió.
- ¡Atención! ¡Atención, chicas! – dijo Clara- llega el momento más importante de la noche.
Miguel saludó a toda la mesa incluyéndome, yo no entendí inmediatamente qué pasaba.
Clara empezó a explicar lo que sucede cuando una mujer se casa, en un monólogo bastante cómico que seguramente había preparado y luego memorizado. Todos se rieron mucho, menos yo que presentía el final.
Y por eso hoy Adriana – concluyó- aceptó cumplir una prenda: va a darle un beso a otro hombre. ¡Adelante Miguel y Adriana!
Finalmente había llegado lo que temía ¡Pero con Miguel! Eso no estaba en mis planes. Tampoco podía echarme atrás porque yo lo había propuesto.
CONTINUARÁ

jueves, 14 de junio de 2007

Padres

Mercedes sintió el aliento de Federico detrás de sí, y no sólo el aliento. Él había pasado rozándola intencionalmente al encontrarla sola frente a la fotocopiadora, cuando llevaba unos papeles a la oficina.
-Nos llega a ver el jefe y nos echan a los dos -le dijo ella suave, pero firmemente, para agregar: -necesito que nos encontremos para hablar.
-¿Encontrarnos para hablar?¡hasta ahora en nuestros encuentros lo menos que hacemos es hablar! - respondió Federico, guiñándole un ojo.

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Esa tarde llegó a casa temprano, televisaban el partido y no pensaba perdérselo. Besó a sus hijos que corrieron a saludar y a su esposa, que quitándose el delantal, también lo recibía.
-Te llegó un telegrama, Federico, no deben ser buenas noticias -le adelantó ella.
Él desplegó con curiosidad el texto que provenía de su ciudad natal.
En el sillón, frente al televisor, lo leyó con detenimiento. ¿Qué sintió con la noticia de la muerte de su padre? Bronca. Odio reavivado. Un sentimiento de desagrado por tener que recordar lo que deseaba borrar de su mente. No le importaba su muerte, le molestaba acordarse de él. Consideraba injusto que la vida no le hubiera deparado un padre como a cualquiera. Bueno, malo, pobre, borracho, como fuera, pero que lo quisiese.
Federico había sentido siempre que no era un hijo, era un accidente del destino. Los únicos que contaban para ese padre eran los otros, los de la esposa legal.
Pero había logrado superarlo mudándose, dejando familiares y conocidos atrás. Ahora su familia era ésta, tenía esposa, hijos, un trabajo decente y amigos con quienes se relacionaba. Todo iba bien.
No iría al entierro. Pondría un abogado para ver si conseguía algo de herencia, su padre pagaría después de muerto algo de su deuda con él.
Ni siquiera le dedicó una lágrima, ni les anunció a sus hijos la muerte del abuelo, al que tampoco conocían. Le pareció inmerecido.
Lo que no pudo evitar fue ver, superpuesta a la indiferente pantalla del televisor, la película de su vida. Recordó a su madre, esforzada, tratando de llevar adelante la vida de mujer sola con un hijo. La recordó de buen ánimo, nunca hablándole mal del hombre con el que se había embarazado. Ella lo había querido sinceramente y él a cambio había rechazado lo que ella llevaba en su vientre. Había en su madre mucho de resignación. Él tenía su familia formal y no podía permitirse que un error de cálculo con su amante le arruinara la vida.
Pero más allá de la lógica de los grandes estaba Federico, un ser humano que deseaba tener lo que los demás: una familia.
Recordó preguntas y bromas que lo incomodaban en la escuela, porque la ciudad, tan grande que parecía, era sólo un pueblo donde se conocían todos. Para protegerse quiso demostrar que no le importaba, tanto que llegó a convencerse. Cuando ya de grande, su padre quiso intentar un diálogo, lo rechazó de plano.
Ahora se cerraba un capítulo de su vida, ese había sido su pasado y Federico comenzaría a vivir su presente y su futuro.
¡Que bueno que San Lorenzo había ganado ampliamente!. Pensaría sólo en eso.

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Al día siguiente se levantó con ganas, algo menos le pesaba. En la oficina el tema del día fue el futbol, y él estuvo muy locuaz.
Con Mercedes no tuvo oportunidad de conversar, pero no se preocupó, tenían cita a la salida del trabajo. Las reuniones de personal que ocupaban los jueves hasta tarde, tenían sus recesos, como el de hoy. Y Federico sabía cómo aprovecharlos.
Fueron a tomar algo, él hubiera preferido el hotel directamente, pero bueno, las mujeres son así.
- Estoy embarazada- le disparó ella, después de escuchar sin escuchar quince minutos de su charla.
- No es posible- respondió él cuando pudo reaccionar- si nos cuidamos.
- Parece que sí es posible, porque me dio positivo.
- ¡No se te ocurrirá continuarlo!- afirmó Federico con idea de terminar la discusión, el encuentro y la relación, que de un juego de complicidad entre compañeros de trabajo, pasaba a algo absolutamente desagradable.
- Podés hacerte cargo o no, yo no pienso abortar- respondió ella, sabiendo lo duro de sus palabras.
“Estas loca”, “te vas a arruinar la vida”, “las mujeres quieren engancharnos como sea”, “ya te vas a arrepentir”, “a mi no me ves más la cara” y otras obviedades por el estilo salieron de la boca de Federico. Justo el día que estrenaba su nueva vida.