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Había tomado una decisión importante. Debía volver a la provincia, volver a ver su casa. La capital finalmente no le dio nada. Ni el bienestar, ni el placer, ni siquiera el aturdimiento que le hubiera servido, aunque más no fuera, para tapar su espesa soledad.
Llevaba pocas cosas en su bolso, algo de ropa, documentos, un cartel y una gruesa soga color arena, arrollada como una víbora asesina.
Llegó. La casa había estado cerrada. El bar “El Amanecer” también, con sus persianas bajas desde la última vez. No estaba sucio, alguien se encargaba de limpiarlo y airearlo cada tanto. Se sirvió un poco de agua de la canilla al pasar por la cocina, como el reflejo de una costumbre infantil. Dejó el vaso un poco más allá. Sus pies lo llevaron como sin quererlo al bar, donde había transcurrido una parte importante de su historia. El tonel de vino, el piano viejo y negro, el piso de madera que crujía bajo su peso, todo estaba como antes. Dejó en el mostrador su bolso y la gruesa cuerda arrollada.
Qué hubiera sido de él si se hubiera quedado. Le hubiera gustado llegar a ser el encargado del establecimiento, bajo la mirada benigna de su padre ya retirado. Pero la verdad era, y esto le dolía mucho, que aún sería el eterno chico de los mandados y mozo de los francos. Cuántas veces había querido tomar responsabilidades en el negocio y su padre no se lo permitió. Como cuando le ofreció encargarse de organizar peñas los sábados compartiendo la ganancia. El padre le dijo que no, y al tiempo se asoció con un amigo para hacerlas.
Miró un poco a su alrededor, miró las mesas, notó lo envejecidas que parecían sin sus manteles. En un cajón del mostrador encontró el viejo libro diario. Se puso a leer las anotaciones, las últimas escritas con un pulso tembloroso. El negocio había dejado de dar ganancias hacía rato. Por eso lo habría cerrado sin informarle nada a él, que recién se enteró al fallecimiento de su padre. Ahora era su propio pulso el que temblaba y sus ojos los que se enrojecían dificultando la lectura. Hubiera querido decirle muchas cosas a su padre, hablarle de su bronca, de su impotencia, de muchas ilusiones perdidas.
Fue hacia donde había dejado sus cosas y comenzó a desenredar la cuerda.
El nunca había cuestionado su autoridad, por qué su padre se había defendido de él como de su peor enemigo. Una vez le contó que estaba enamorado, que quería ahorrar plata para armar su hogar. Tal vez su novia podría trabajar con ellos. La decisión de aceptarla se fue postergando a la vez que su salario iba disminuyendo. “Los negocios van mal”, le repetía su padre.
No quiso dar más lugar a esos recuerdos que lo ponían al borde de la locura. La soga estaba lista y él ya había tomado la decisión.
Sobre el cartel de “El Amanecer” quedo uno más pequeño: “El Nuevo Amanecer, próximamente”, atado fuertemente con un cordel color arena.
Gracias por llegarse hasta mi blog. Van a encontrar de todo un poco. Todo lo que se me ocurre y tiene forma literaria. Si en algo dudan si está escrito en serio o es una broma, apuesten por esto último. Respecto de mí: soy un escritor de cosecha tardía, con todo lo interesante que puede ser la experiencia de una vida puesta en las letras. Espero que disfruten de la lectura y me dejen sus comentarios, buenos y de los otros, me ayudan mucho.
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jueves, 12 de junio de 2008
jueves, 14 de junio de 2007
Padres
Mercedes sintió el aliento de Federico detrás de sí, y no sólo el aliento. Él había pasado rozándola intencionalmente al encontrarla sola frente a la fotocopiadora, cuando llevaba unos papeles a la oficina.
-Nos llega a ver el jefe y nos echan a los dos -le dijo ella suave, pero firmemente, para agregar: -necesito que nos encontremos para hablar.
-¿Encontrarnos para hablar?¡hasta ahora en nuestros encuentros lo menos que hacemos es hablar! - respondió Federico, guiñándole un ojo.
--------------------------------------------
Esa tarde llegó a casa temprano, televisaban el partido y no pensaba perdérselo. Besó a sus hijos que corrieron a saludar y a su esposa, que quitándose el delantal, también lo recibía.
-Te llegó un telegrama, Federico, no deben ser buenas noticias -le adelantó ella.
Él desplegó con curiosidad el texto que provenía de su ciudad natal.
En el sillón, frente al televisor, lo leyó con detenimiento. ¿Qué sintió con la noticia de la muerte de su padre? Bronca. Odio reavivado. Un sentimiento de desagrado por tener que recordar lo que deseaba borrar de su mente. No le importaba su muerte, le molestaba acordarse de él. Consideraba injusto que la vida no le hubiera deparado un padre como a cualquiera. Bueno, malo, pobre, borracho, como fuera, pero que lo quisiese.
Federico había sentido siempre que no era un hijo, era un accidente del destino. Los únicos que contaban para ese padre eran los otros, los de la esposa legal.
Pero había logrado superarlo mudándose, dejando familiares y conocidos atrás. Ahora su familia era ésta, tenía esposa, hijos, un trabajo decente y amigos con quienes se relacionaba. Todo iba bien.
No iría al entierro. Pondría un abogado para ver si conseguía algo de herencia, su padre pagaría después de muerto algo de su deuda con él.
Ni siquiera le dedicó una lágrima, ni les anunció a sus hijos la muerte del abuelo, al que tampoco conocían. Le pareció inmerecido.
Lo que no pudo evitar fue ver, superpuesta a la indiferente pantalla del televisor, la película de su vida. Recordó a su madre, esforzada, tratando de llevar adelante la vida de mujer sola con un hijo. La recordó de buen ánimo, nunca hablándole mal del hombre con el que se había embarazado. Ella lo había querido sinceramente y él a cambio había rechazado lo que ella llevaba en su vientre. Había en su madre mucho de resignación. Él tenía su familia formal y no podía permitirse que un error de cálculo con su amante le arruinara la vida.
Pero más allá de la lógica de los grandes estaba Federico, un ser humano que deseaba tener lo que los demás: una familia.
Recordó preguntas y bromas que lo incomodaban en la escuela, porque la ciudad, tan grande que parecía, era sólo un pueblo donde se conocían todos. Para protegerse quiso demostrar que no le importaba, tanto que llegó a convencerse. Cuando ya de grande, su padre quiso intentar un diálogo, lo rechazó de plano.
Ahora se cerraba un capítulo de su vida, ese había sido su pasado y Federico comenzaría a vivir su presente y su futuro.
¡Que bueno que San Lorenzo había ganado ampliamente!. Pensaría sólo en eso.
-----------------------------------------------
Al día siguiente se levantó con ganas, algo menos le pesaba. En la oficina el tema del día fue el futbol, y él estuvo muy locuaz.
Con Mercedes no tuvo oportunidad de conversar, pero no se preocupó, tenían cita a la salida del trabajo. Las reuniones de personal que ocupaban los jueves hasta tarde, tenían sus recesos, como el de hoy. Y Federico sabía cómo aprovecharlos.
Fueron a tomar algo, él hubiera preferido el hotel directamente, pero bueno, las mujeres son así.
- Estoy embarazada- le disparó ella, después de escuchar sin escuchar quince minutos de su charla.
- No es posible- respondió él cuando pudo reaccionar- si nos cuidamos.
- Parece que sí es posible, porque me dio positivo.
- ¡No se te ocurrirá continuarlo!- afirmó Federico con idea de terminar la discusión, el encuentro y la relación, que de un juego de complicidad entre compañeros de trabajo, pasaba a algo absolutamente desagradable.
- Podés hacerte cargo o no, yo no pienso abortar- respondió ella, sabiendo lo duro de sus palabras.
“Estas loca”, “te vas a arruinar la vida”, “las mujeres quieren engancharnos como sea”, “ya te vas a arrepentir”, “a mi no me ves más la cara” y otras obviedades por el estilo salieron de la boca de Federico. Justo el día que estrenaba su nueva vida.
-Nos llega a ver el jefe y nos echan a los dos -le dijo ella suave, pero firmemente, para agregar: -necesito que nos encontremos para hablar.
-¿Encontrarnos para hablar?¡hasta ahora en nuestros encuentros lo menos que hacemos es hablar! - respondió Federico, guiñándole un ojo.
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Esa tarde llegó a casa temprano, televisaban el partido y no pensaba perdérselo. Besó a sus hijos que corrieron a saludar y a su esposa, que quitándose el delantal, también lo recibía.
-Te llegó un telegrama, Federico, no deben ser buenas noticias -le adelantó ella.
Él desplegó con curiosidad el texto que provenía de su ciudad natal.
En el sillón, frente al televisor, lo leyó con detenimiento. ¿Qué sintió con la noticia de la muerte de su padre? Bronca. Odio reavivado. Un sentimiento de desagrado por tener que recordar lo que deseaba borrar de su mente. No le importaba su muerte, le molestaba acordarse de él. Consideraba injusto que la vida no le hubiera deparado un padre como a cualquiera. Bueno, malo, pobre, borracho, como fuera, pero que lo quisiese.
Federico había sentido siempre que no era un hijo, era un accidente del destino. Los únicos que contaban para ese padre eran los otros, los de la esposa legal.
Pero había logrado superarlo mudándose, dejando familiares y conocidos atrás. Ahora su familia era ésta, tenía esposa, hijos, un trabajo decente y amigos con quienes se relacionaba. Todo iba bien.
No iría al entierro. Pondría un abogado para ver si conseguía algo de herencia, su padre pagaría después de muerto algo de su deuda con él.
Ni siquiera le dedicó una lágrima, ni les anunció a sus hijos la muerte del abuelo, al que tampoco conocían. Le pareció inmerecido.
Lo que no pudo evitar fue ver, superpuesta a la indiferente pantalla del televisor, la película de su vida. Recordó a su madre, esforzada, tratando de llevar adelante la vida de mujer sola con un hijo. La recordó de buen ánimo, nunca hablándole mal del hombre con el que se había embarazado. Ella lo había querido sinceramente y él a cambio había rechazado lo que ella llevaba en su vientre. Había en su madre mucho de resignación. Él tenía su familia formal y no podía permitirse que un error de cálculo con su amante le arruinara la vida.
Pero más allá de la lógica de los grandes estaba Federico, un ser humano que deseaba tener lo que los demás: una familia.
Recordó preguntas y bromas que lo incomodaban en la escuela, porque la ciudad, tan grande que parecía, era sólo un pueblo donde se conocían todos. Para protegerse quiso demostrar que no le importaba, tanto que llegó a convencerse. Cuando ya de grande, su padre quiso intentar un diálogo, lo rechazó de plano.
Ahora se cerraba un capítulo de su vida, ese había sido su pasado y Federico comenzaría a vivir su presente y su futuro.
¡Que bueno que San Lorenzo había ganado ampliamente!. Pensaría sólo en eso.
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Al día siguiente se levantó con ganas, algo menos le pesaba. En la oficina el tema del día fue el futbol, y él estuvo muy locuaz.
Con Mercedes no tuvo oportunidad de conversar, pero no se preocupó, tenían cita a la salida del trabajo. Las reuniones de personal que ocupaban los jueves hasta tarde, tenían sus recesos, como el de hoy. Y Federico sabía cómo aprovecharlos.
Fueron a tomar algo, él hubiera preferido el hotel directamente, pero bueno, las mujeres son así.
- Estoy embarazada- le disparó ella, después de escuchar sin escuchar quince minutos de su charla.
- No es posible- respondió él cuando pudo reaccionar- si nos cuidamos.
- Parece que sí es posible, porque me dio positivo.
- ¡No se te ocurrirá continuarlo!- afirmó Federico con idea de terminar la discusión, el encuentro y la relación, que de un juego de complicidad entre compañeros de trabajo, pasaba a algo absolutamente desagradable.
- Podés hacerte cargo o no, yo no pienso abortar- respondió ella, sabiendo lo duro de sus palabras.
“Estas loca”, “te vas a arruinar la vida”, “las mujeres quieren engancharnos como sea”, “ya te vas a arrepentir”, “a mi no me ves más la cara” y otras obviedades por el estilo salieron de la boca de Federico. Justo el día que estrenaba su nueva vida.
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