jueves, 23 de julio de 2009

Oración

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Padre nuestro que estás en los cielos. Seguro que a Dios lo imaginaron en el cielo por lo de infinito y desconocido. Cuando conozcamos más el universo, ¿Dónde lo pondremos?
Santificado sea tu nombre. O sea, le ponemos “San” adelante. ¿Como queda mi nombre con San adelante? “San Gabriel”, suena bien, claro, todos los nombres tienen un santo. Para que aparezcan más santos habría que inventar más nombres.
Venga a nosotros tu reino. Debe ser como una herencia, cuando Dios se muera nos tocan sus bienes. Pero repartidos entre tantos y después de deducir impuestos, en una de esas no nos queda nada.
Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. O mejor podría elegir el cielo para su voluntad y dejarnos la tierra para nosotros y no meterse tanto. El Papa quedaría descolocado. Un representante sin voz ni voto. Podría ocuparse de tramitar los permisos de las naves que atraviesan el cielo.
El pan nuestro de cada día danoslo hoy. Mañana ya está seco. Sino que sea galleta, que dura más. La panadería cerca de mi casa hacía unas galletas marineras que no las he vuelto a comer. Tal vez tuviera inspiración divina.
Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Igual, cuando no te quieren pagar, no te pagan. Yo ni me gasto en mandar cartas-documento. Ahí no se si perdono o me resigno a no cobrar.
Y no nos dejes caer en la tentación. A mi me gusta caer de vez en cuando en alguna. Un chocolate en el medio del régimen, comprar algo superfluo, apoyar a alguna mujer en el subte…
Más líbranos del mal. ¿De qué mal? ¿Del mal de ojo? ¿Del mal de Chagas? ¿Del mal del San Vito? Debe ser de ese, que es un mal santo.
Amén. Que es “Así sea”. Como “Colorín Colorado”. Como “Fueron felices y comieron perdices”. ¡Qué ganas de ir a cazar perdices al campo! Voy a limpiar la escopeta. Y a seguir rezando para que no llueva el fin de semana.
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jueves, 11 de junio de 2009

Política

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Una de las primeras medidas que tomó el gobierno fue cambiar los colores de los semáforos. Pero el asombro de los automovilistas duró muy poco, hasta que unos días después una ordenanza los obligaba a circular por las veredas, en tanto que los transeúntes gastaban las suelas de sus zapatos en el asfalto oscuro.
Muchos padres encontraron dificultad en enviar a sus niños a la escuela durante la noche y los maestros no sabían si debían permitir o no los bostezos en clase.
Los negocios abiertos sólo los fines de semana daban bastante animación a los centros comerciales, pero el pan que se comía los viernes desafiaba los dientes más afilados.
La utilización de los sanitarios masculinos por parte de las mujeres, y viceversa, motivó no pocas situaciones risueñas durante el período de adaptación, aunque hubo también vivillos que se hicieron los falsos confundidos.
A pesar de haber sido el único partido que al asumir el gobierno cumplió con sus promesas electorales, la Alianza para el Cambio no fue reelegida. El voto de las mascotas fue decisivo y la relegó a un segundo lugar.

martes, 21 de abril de 2009

Sentidos

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La manija de la puerta vaivén del bar se notaba fría. La empujé con decisión y entré. El salón parecía estar bastante lleno de gente, se escuchaba un murmullo alto y algunas risas disonantes. Un profundo olor a café torrado invadía el lugar, debía ser la especialidad de la casa.
Ni bien entré, escuché la voz de de Matilde que me llamaba. Estaba sentada en una mesa de la izquierda.
Nos dimos un beso en la mejilla. Sentí que no era un beso indiferente, que realmente tenía ganas de verme. Estando tan cerca percibí que había cambiado su perfume por uno más floral y no tan fino. Me senté frente a ella. La silla era de madera rugosa, pero bastante cómoda. La mesa tenía mantel de algodón y le habían puesto un vidrio por encima para protegerlo.
Apenas después del saludo, Matilde me comenzó a contar lo que la preocupaba: una situación de celos con su hermana. Escuchaba su voz recortada en el fondo del ruido general, en una mesa vecina algunas docentes discutían sobre un paro y en otra unos jóvenes hablaban de fútbol.
El aroma de café prometía un sabor mejor del que ofreció. Tal vez el paquete haya tomado un poco de humedad, por suerte las masitas que lo acompañaban estaban hechas del día.
Escuche un rato a Matilde. Su tono se iba poniendo más calmo a medida que hablaba y el tema viró hacia situaciones más divertidas, se ve que estaba necesitando compartir sus cosas con alguien, y a mi me gusta escucharla. Me gusta Matilde. Me gusta sentarme con ella a tomar un café y me siento bien cuando pongo mi mano sobre su brazo para caminar, tiene una piel firme con un vello suave.
Conversamos y nos reímos un largo rato. Luego pagamos el café y me acompañó a la parada del ómnibus. El beso de despedida fue aún más afectuoso que el de recibimiento.
Estoy ilusionado con ella, pero voy despacio porque sé que para Matilde no va a ser una decisión fácil.
Igual no puedo dejar de imaginarme lo hermoso que puede ser la vida juntos: mimarnos, acompañarnos, querernos. Yo voy a ser quien siempre la escuche, y ella, los ojos que no tengo.
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jueves, 12 de marzo de 2009

Síntomas

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Dedicado a Reni

Cuando Isabel compartía su vida conmigo, yo gozaba de buena salud. No digo por esto que algunos días no sufriera por digestión lenta de celos o por malestares de confianza ciega. Pero era esporádico. ¿Quién no tiene de vez en cuando una acidez en los sentimientos?
Pero cuando su ausencia se instaló en mi casa, la enfermedad lo hizo también. Esa misma noche sufrí una rotura en los ligamentos cruzados de la autoestima, que todavía no cicatrizan. Pocos días después, estando en plena calle, se me manifestó un cuadro agudo de hipotensión afectiva, tal vez asociada a la falta de desayunos compartidos.
Yo creí que el trabajo, que me mantiene ocupados el cuerpo y la mente, me iba a proteger. Pero no fue así. En la mitad de la mañana, a eso de las diez, una anemia de besos telefónicos me debilitó a punto de tener que recostarme. Ninguna transfusión de ánimo de mis amigos me hizo efecto. A la vuelta del almuerzo, inesperadadamente, sufrí de violentos cólicos de tristeza frente a la foto sonriente de Isabel.
Dicen que los síntomas se agravan por la noche y debe ser verdad.
Casi siempre al acostarme una fiebre virósica de recuerdos no me deja alcanzar el sueño. Espásmos de mates en la playa, de amaneceres acurrucados, de risas sin motivo, me sacuden todo el cuerpo.
Mañana empiezo la serie de estudios clínicos. Luego me dirán el tratamiento a seguir.
Pero no soy muy optimista: la medicina aún desconoce muchas enfermedades.

jueves, 26 de febrero de 2009

Noticia

Hay mucha demora hoy en el regreso a casa.
Hay mucha mujer hermosa por la calle. Mucha cerveza aún en los bares. Miles de fichas en las máquinas tragamonedas. Varios amigos con la tarde libre. Algunos resultados del fútbol para comentar. Cientos de contactos en el Messenger. Decenas de personas en la línea erótica...
-¿No escuchaste en el noticiero, querida, la demora que hubo para salir de la ciudad?

martes, 6 de enero de 2009

Carta a Mary

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Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro, las voces de los ecos,
y escucho solamente entre las voces, una.
Antonio Machado

Querida Mary:

Hoy hablaste de la felicidad. Te dije que no te podía dar consejo, entre otras cosas porque no creo que sean de utilidad. Lo que puedo hacer es contarte sobre mí.
Yo me siento feliz porque me encanta la vida. Creo que la vida en el universo no es la regla, es la excepción. Es la discontinuidad, un efecto secundario. Por eso en los procesos del cosmos que se miden en millones de años, nuestra vida es un instante. Es un fósforo que se enciende, se consume y se apaga. Tiene mucho de mágica. Creo que tenemos la oportunidad única de aprovecharla.

Muchas veces las cosas me salen mal. Cuando el problema me parece grande trato de alejarme y verlo con más perspectiva.
Por ejemplo, me retrasé con la revista y no va a estar cuando abra la exposición. Es grave, todos mis clientes esperan ver su aviso en ese momento. ¿Qué hago? ¿Me desespero? No, tomo perspectiva y pienso que esta es una de todas las exposiciones que voy a participar. Que dentro de dos o tres años ni yo me voy a acordar de esto. Lo importante para mí ahora es disminuir el impacto. Voy a llevar revistas anteriores para repartir, retirar hojas sueltas de la imprenta para mostrar algún aviso y que el cliente al menos lo vea. A la vez pienso y anoto qué medidas tomar para que no me vuelva a suceder. Me predispongo a enfrentar lo que venga: algún cliente se enojará, alguno no me querrá pagar el aviso, la competencia sonreirá. Algo voy a perder porque hice mal mi trabajo, es lo natural. Pero la tierra no va a parar su rotación, mis amigos no van a dejar de quererme, ni se va a terminar mi vida por este problema. Por suerte, no soy tan importante que la existencia del mundo dependa de mí. Nada que yo haga mal, va afectar la capa de ozono ni la cantidad de alimento que se dispone en el mundo.

A veces tengo problemas con mis afectos. Mi hija Mailén está enojada conmigo porque se terminó mi relación con mi pareja de varios años. Ella le tenía mucho afecto. Mi ex pareja no está hablando muy bien de mí. La gente que trabaja en mi oficina, a quienes aprecio, a veces piensan que no soy equitativo o que no los valoro.
En esas situaciones pienso que en la vida estamos, en última instancia, solos. A mis hijas les doy amor, las acompaño y les transmito lo poco que pude aprender, pero sus vidas son sus vidas. Ellas harán lo que les parezca mejor y seguro me reprocharán lo que creen que hice mal, elegirán qué hacer y dónde, y yo sólo podré darle lo que tengo: amor, buena voluntad y el ejemplo de buscar siempre la felicidad. No puedo darles lo que ellas creen que merecen recibir, porque es utópico.
Mi idea de una pareja es elegirse para quererse y acompañarse. No pienso en construir mi vida en función de la felicidad de la otra persona. ¡Ojalá puedan darse ambas cosas!

Mi felicidad está alimentada por el amor de los que me rodean, por el reconocimiento de que lo que hago sirve, por la contemplación de la naturaleza, del arte, por los logros económicos y por algunos momentos fugaces en que me parece que entiendo de qué se trata todo esto. Está alimentada, te decía, pero no depende de estas cosas. Yo estoy solo y debo aprender a encontrar lo que necesito. Debo disfrutar de la vida tal cual está, puedo procurar algunos momentos especiales de placer, pero en general deberé aprender a ser feliz en todos los momentos, cuando hago la cola en el banco, cuando miro una película o cuando trabajo. Eso lo hago a partir de una actitud de disfrute, aunque sea por el solo hecho de disponer de vida, ese bien tan escaso y breve en el universo.

Trato de no poner lo bueno sólo en lo que va a venir, el fin de semana, las vacaciones, cuando me jubile, cuando termine el departamentito. Esa es una ilusión óptica que hace automáticamente mi cerebro. Yo trato de desarticularla. Porque si yo no aprendo a ser feliz en todo momento, tal vez pueda aprovechar poco cuando esas cosas lleguen.
Yo descubrí ( para mí, tal vez todo el mundo ya lo sabía) que las situaciones nuevas que deseo y por las que tanto me esfuerzo me dan eso prometido, pero me hacen perder mucho de lo anterior. Si no logré disfrutar la etapa anterior, con la nueva ya será tarde.
Por ejemplo si cuando camino y viajo en colectivo pienso que la dicha va a estar cundo tenga auto. Seguramente sucederá eso, pero también me voy a dar cuenta que no tengo dónde leer, que me creció la panza, que me preocupa el pronóstico por si viene granizo, que me aparecen gastos inesperados…

Como miro alrededor y veo que la mayoría de la gente que me rodea no es feliz, trato de protegerme de ella. No escucho a la gente que siempre tiene una razón para no estar bien, pero me acerco al que realmente sufre por algo. No me enrosco con los noticieros ni los diarios.

Tal vez algo de lo que conté te resuene. Y espero sinceramente que tu existencia se deslice por los mejores caminos, sabés que te aprecio mucho. Luis
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lunes, 29 de diciembre de 2008

Sólo para escritores

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Astronomía para poetas

Qué mal nos podemos llegar a sentir si después de buscar afanosamente las palabras justas para enhebrar un poema, alguien nos dice que es inexacto, que lo que escribimos es erróneo en algún sentido. Por supuesto no podemos conocer todos los temas a fondo, pero cuanto más sepamos, mejor.
Hoy vamos a aprender algo de astronomía, algunos de los errores más comunes que se cometen al mencionar los fenómenos celestes.

1) Veamos este verso:

A veces recalo en tus ojos
Apoyo mi alma en tu alma
Sigo detrás de esos luceros
Dejando mi norte en tu calma.

No hay dos luceros. Hay uno solo y es el planeta Venus que se puede ver alternativamente a la tarde o a la mañana. Si lo miran con un prismático (con un telescopio, mucho mejor) verán que tiene forma de medialuna.
Una forma más correcta sería:

A veces recalo en tus ojos
Apoyo mi alma en sus niñas
Sigo detrás de ese lucero
Cuando cómplice me guiñas.

2) Aquí otro caso:

En rincones inesperados
Mi infancia sabe esconderse
Quiero asirla, pero la siento
A años luz de mi presente.

El año luz no es una medida de tiempo sino de distancia. Es la distancia que recorre un rayo de luz en un año. Equivale a 9.600.000.000.000 kilómetros.
Podría quedar así:

Mi infancia sabe esconderse
En rincones inesperados
Quiero asirla, pero la siento
A años luz de mis manos.

3) Este es otro ejemplo:

No queda después de tu amor
Cosa imposible ninguna
Ver ángeles en el cielo
O el lado oscuro de la luna.

No hay que confundir el lado oscuro de la luna, el que en un momento está en sombras, con el lado oculto, que es el que no podemos ver. Igualmente un 14 % de su superficie se muestra en algún momento debido a las libraciones (movimientos de oscilación).
Corregido quedaría:

No queda después de tu amor
Cosa imposible ninguna
Ver ángeles en el cielo
O el lado oculto de la luna (el de atrás).

No me pidan diplomas ni certificados de astronomía porque no se los puedo dar. No obstante les permito mencionar el curso y algún agradecimiento en la portada de sus libros de poemas. Hasta la próxima.
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viernes, 26 de diciembre de 2008

Pequeños momentos

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Desconozco si hay un momento preciso en que se acaba la infancia. Pero estoy seguro que dejando la escuela primaria ya empieza a ser parte de nuestros recuerdos.
Esta etapa de la vida de mi hija Iris está colmada de pequeños momentos, que seguramente se parecen a los de ustedes, y que hoy quisiera compartir:

Mi emoción cuando fuiste abanderada en Jardín.
Tu primer día de guardapolvo blanco.
Tu orgullo mostrándome los cuadernos.
Tu nombre escrito con la R al revés.
Tus ojitos que me buscaban a la salida de la escuela.
La campera siempre olvidada en el aula.
Las salidas apuradas para no llegar tarde.
Las llegadas tarde
Las golosinas buscadas en la guantera del auto.
Tu frase “ya me lo comí”.
Los viajes a la escuela contándonos chistes.
Los que cantábamos canciones de la radio.
Los que tocabas el violín y todos nos miraban.
Los conciertos de flauta dulce.
“Escuchá Papá la canción nueva que saqué”.
Tu mirada buscando mi presencia en los actos escolares.
Tu hermosa letra redonda, a veces.
Tu curiosidad, siempre.
Tu espontánea redacción.
Tus increíbles faltas ortográficas.
Los materiales de Tecnología, preparados de apuro la noche anterior.
El comedor, la vianda, el comedor, la vianda.
Tu ropa especial el día de la foto.
La maestra Mariana que quisiste tanto.
Tu amiga entrañable Diana.
Los pijamas parties.
Los pijamas parties con películas de terror.
Los fines de semana con alguna de tus amigas en Claypole.
La abuela Yeli queriéndote enseñar francés.
La abuela Elisa queriendo que vayas peinada.
Tu valentía en las primeras vueltas sola en colectivo.
La vez que te bajaste mal y te perdiste.
El suave tránsito de la ropa que te poníamos a la ropa que elegís.
Tus etéreos pasitos de ritmo tecno.
Tus toques jugando al volley.
Tu pañuelo de San Clemente.
Las primeras salidas al Abasto con tus compañeros.
Las imperdibles fiestas en la escuela.
La vez que hicieron una exposición de alimentos.
Las reuniones de entrega de boletines con tareas para padres e hijos.
La alegría del final de clases.
La emoción del reencuentro en marzo.
La interminable cuenta regresiva del viaje de egresados.
Tu vergüenza de vender rifas.
El día de hoy, que terminás tu escuela primaria.

5 de diciembre de 2008
Leído en el acto de finalización de clases del Normal 1.

martes, 2 de diciembre de 2008

Olores

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Una rueda siempre
huele a camino recorrido.

Huele a arcillas húmedas
de una llovizna reciente,
a pavimentos aceitosos
ablandados al calor del sol.
A estaciones de servicio
sucias de combustible derramado.
A olvidados hoteles de ruta
con patios gastados a lavandina.
A ciudades alejadas
atravesadas al mediodía
en la ceremonia sincronizada
de cacerolas sobre el fuego.

La rueda no se detiene en los olores
los lleva como semillas
que germinaran en lugares distantes
despertando, tal vez,
involuntarios recuerdos de un viaje.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Sutil exquisitez

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Uno de los lugares preferidos por las empresas de producción de largometrajes de todo el mundo que vienen a filmar a Buenos Aires, es el puente de hierro de calle Ituzaingo. Construido sobre las vías del Roca a cinco cuadras de la estación Constitución, se conserva aun en perfecto estado con sus vigas unidas a remaches y su calzada empedrada.
En marzo del 2007 filmó allí parte de su película “Sur le Pont” Philipe Lagrange, un director de cine francés de temáticas un poco encriptadas, pero con muchos seguidores.
Había preparado el escenario-puente para varias secuencias que se irían intercalando a lo largo de la película. En algunas la pareja protagónica hablaba, en otras discutía y en otras sólo se miraba.
A pesar de todas las precauciones tomadas durante el rodaje, se cruzó en la escena uno de los travestis que habitualmente espera clientes en esa esquina. Lo hizo en el otro extremo del puente, por detrás. Ni el director ni los asistentes lo vieron en ese momento, aunque sí días más tarde, cuando se reveló la película. De haberse hecho en forma digital y revisado en el momento, se hubiera hecho una retoma, pero Lagrange consideró que no valía la pena dedicar otro día a repetir esa escena.
La película se terminó y se estrenó en Paris en el mes de agosto.
La historia que en ella se relataba, era la de una joven pareja unida por un amor muy visceral, signado por continuas rupturas. El puente era el símbolo, el lugar de unión y desunión. El travesti local, devenido en extra, aparecía en la última, donde sin mucha explicación la pareja se besaba para luego separarse. Entonces cámara se alejaba y el tema musical de fondo daba ingreso a los títulos del final.
No tuvo, a pesar de la expectativa, buenos comentarios de la crítica y el público decayó en pocas semanas. Estaban por retirarla de cartel cuando sucedió algo inesperado.
Monsieur Chercheur, crítico de Le Monde y seguidor de Lagrange, después de ver varias veces la película, publicó en una nota de página destacada, el descubrimiento del verdadero sentido de esta obra genial. El protagonista deja a su pareja porque decide asumir su homosexualidad. Varios indicios escondidos a lo largo del film lo predicen, pero lo confirma el fantástico final donde un travesti cruza la imagen como el alter ego del protagonista, una sutil exquisitez.
A partir de ese momento las salas volvieron a llenarse y “Sur le Pont” tuvo el éxito merecido.

viernes, 28 de noviembre de 2008

EL Libro de los Talleres III

El último viernes en el museo Mitre de San Martín casi Corrientes, la editorial Dunken hizo la presentación de “El Libro de los Talleres III”. La idea de esta serie de libros es mostrar lo que se está escribiendo actualmente en los talleres literarios de todo el país. Cruzagramas, al cual pertenezco, fue invitado a participar y se incluyó un texto de mi autoría. Éste es “Conversaciones” y puede encontrarse más abajo en este Blog.
Fue muy emocionante para mi participar con todo el grupo de esta presentación y que me acompañaran mis hijas Iris y Mailén. También fue emotivo que hayan elegido mi texto para ser leído en el acto.
Deseo agradecer por este medio a la editorial Dunken por apostar a este proyecto y a Sebastián Barrasa de Cruzagramas por haberme elegido para participar y por poner su empeño para que todo saliera a la perfección.El libro, de una edición muy prolija, ya está a la venta.
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En la foto: Iris y Mailén (mis hijas), yo, Sebastián Barrasa (Coordinador del taller), Fernanda Lamota, Martina (hija de Claudio), Claudio Sylwan y Emilio Alvarez.
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lunes, 24 de noviembre de 2008

Historias de mi familia

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Artistas

Mi madre siempre estuvo vinculada con el arte. Yeli íntimamente siempre se sintió artista, pero a su egreso de Bellas Artes no tuvo la decisión necesaria para dedicarse a la producción de obras. Prefirió dejarlo para mejor oportunidad y ocuparse de la docencia, de la casa y de los hijos que vinieran.
Recuerdo cuando era pequeño, verla ordenar algún placard buscando ese espacio siempre insuficiente, y que irrumpieran sin aviso algunos de sus trabajos de estudiante. Me encantaba mirarlos y escuchar su comentario: “ves, esto esta hecho con carbonilla, es como un lápiz pero de carbón, después de dibujar lo podés difuminar así con el dedo”. Y en un costado del dibujo hacía la experiencia ante mis ojos curiosos, para luego cubrirlo nuevamente con el papel de cebolla opaco.
Mi niñez estuvo llena de ocasiones en las que mi madre demostraba cómo se bocetaba, dibujaba o se pintaba, en trabajos escolares míos, de mis hermanos, de nuestros compañeros y de nuestros vecinos. Para Yeli, la técnica debía dominarse antes de expresar nada.
Otra de sus facetas era la de crítica. Cada tanto, algún conocido que estaba aprendiendo dibujo le traía sus trabajos. Y como pasa casi siempre, los primeros dibujos logrados se muestran con el íntimo deseo de recibir alabanzas. Mal lugar para buscarlas. Más allá de que estuvieran vistosos para los ojos de los demás, ella les decía: “para aprender a dibujar tenés que copiar del natural, no de otro dibujo” o “la cabeza tiene que ser proporcionada, tiene que entrar cinco veces en el tamaño del cuerpo” o bien “las manos son muy difíciles, hay que evitarlas o dibujarlas con poco detalle”. Los futuros Picassos cosechaban así su primera crítica negativa, aunque bien fundamentada.
Sospecho que durante los treinta años que siguieron a su egreso de la escuela de arte, Yeli se acostumbró a “pintar con la cabeza”. Cuando algo le llamaba la atención, un paisaje, una flor, un rostro, creo que las líneas de un dibujo, o unas pinceladas de color, le aparecían en la mente como un duplicado de la realidad. Hoy yo experimento algo similar tras haber dedicado una parte de mi vida a la fotografía, de aquello que me gusta voy haciendo fotos casi instintivamente, pero sin la necesidad de mi cámara.

Más tarde en su vida, cuando las urgencias ya no eran atender los hijos o hacer economías para que alcance el dinero, se dio la oportunidad de expresarse a través del arte. Por alguna causa que desconozco empezó a hacer grabados, primero sobre madera y luego en metal. Para su profesor era una excelente alumna, porque sólo debía explicarle la técnica, los demás conocimientos, de dibujo y de composición, ya los tenía. Igualmente, su producción no fue muy grande, un poco perfeccionista y demasiado exigente.
La siguiente etapa fue la de ceramista. Esta disciplina la encontró bien preparada y rápidamente comenzó a hacer obras interesantes (tampoco fueron demasiadas). Creo que el tener contacto con volúmenes la entusiasmó. Aquí se contactó con mucha gente que hacía lo mismo. Fue a seminarios, cursos y congresos bienales de la especialidad, a los que sigue concurriendo a pesar de haber abandonado la arcilla.
Su paso siguiente fue pintar tapices en tela de gran tamaño, logrando una media docena de obras admirables por su fuerza y su realismo.
Finalmente recaló en el ítem que seguramente ella considera más valioso, los cuadros de formato medio al óleo y al acrílico. Esta ha sido la etapa de mayor satisfacción, pintando paisajes y eligiendo con minuciosidad cada motivo.

Iver es una persona de unos sesenta años que conocí cuando vivía en Balvanera, sobre la calle Junín. Junto con su esposa Betty tenían (aún lo tienen) un departamento en el segundo piso, en tanto que el mío estaba en el primero.
Desde que lo conocí me pareció una persona muy singular, muy extrovertido, siempre dispuesto a decir lo que pensaba e hincha fanático de Boca.
Hacía un tiempo se le había dado por pintar. Nunca antes había dibujado o pintado ni había hecho ningún curso. Simplemente, empezó por hacer un paisaje para decorar la puerta placa de la cocina. Después encontró unas maderas que, por sus esquinas recortadas, debían haber sido para estantes, dibujó y pintó sobre ellas, para luego colgarlas de la pared. A partir de allí, no hubo madera, cartón, plato en desuso o caja de ravioles que escapara a su pasión creativa. La pintura que utilizaba eran restos de esmalte brillante (el que se usa para puertas y ventanas), que su cuñado le conseguía de las construcciones.
Había motivos infantiles que hacía para sus sobrinos, como una jirafa en una paleta de madera (aprovechando su extraña forma) o personajes de Disney. Había también retratos, pero por sobre todo, paisajes.
Sus obras las iba colgando en las paredes tapizando hasta el techo la sala de su departamento y era su orgullo mostrarlas a quien fuera por su casa.

En alguna reunión en mi departamento se conocieron, y recuerdo el brillo especial de los ojos de Iver cuando mi madre, comentando sobre algún cuadro, hizo saber que era artista plástica. Sin esperar mucho la invitó para que viera sus cuadros y, a diferencia de los años de mi infancia, no apareció el aspecto crítico en ella., simplemente le dijo “estan muy lindos”.
Iver estaba fascinado, era la primera vez que conocía una artista de verdad (mi madre da ese perfil) y había podido mostrarle su trabajo.
Se vieron varias veces más en mi casa y, en esas ocasiones, el le acercaba algún nuevo trabajo para que los viera.
Mi mudanza a otro barrio y algunas circunstancias personales hicieron que no volvieran a encontrarse.

Tal vez Iver consideró que con sus pinturas estaba lejos de impresionar a Yeli. Lo que nunca supo fue la profunda admiración que ella le tenía.
Mi madre está convencida que el artista no es que hace un cuadro como un ejercicio de voluntad. Que se lo propone a sí mismo y lo lleva a cabo, aunque su obra sea perfecta.
Artista, para ella, es el que no puede hacer otra cosa que pintar, que no necesita lienzos ni pinturas adecuadas. Que siente la necesidad compulsiva de expresarse y produce, aunque el lugar en sus paredes se haya colmado hace rato.

sábado, 22 de noviembre de 2008

jueves, 20 de noviembre de 2008

Inscripción

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Dedicado a Teresa
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Todo me va mal. Y no sólo ahora. Mirando mi vida con perspectiva creo que nunca tuve un momento de felicidad plena. Tal vez si hubiera tenido al menos uno, mi existencia sería distinta. La evocación de ese momento me llenaría el corazón y me permitiría seguir viviendo.
Regreso a casa yendo por la autopista recién inaugurada. Está construida sobre el viejo Camino Negro. Hace años que no andaba por estos lugares. Algunos edificios de antes me reconocen. En esa esquina está un antiguo hotel para parejas, bastante bien mantenido. En el piso superior hay ventanas, algunas abiertas. Tras una de ellas una luz tenue y colorida se filtra. Dos personas junto al borde de la cama se multiplican en los espejos. Él es un muchacho muy joven, está de pie ayudando a su compañera a quitarse unos jeans apretados de tiro muy alto. Ella está tranquila y lo hace con cierta soltura. A él no le cabe el corazón en el pecho. La besa al pasar, mientras le ayuda con la camisa de bambula. ¿Cómo puede tener ese cuerpo tan hermoso sólo para él? No sabe qué acariciar primero. Y cuando piensa que ella está allí con él porque lo desea, porque desea sus caricias y su sexo, una corriente de excitación le recorre el cuerpo. Quiere grabar todos los detalles en su memoria, inscribir en su alma este instante de gloria.
Tengo que poner atención en el tránsito, es una autopista rápida. Quiero volver a pensar en mi mala suerte y mi desdicha. Pero algo, un sabor dulce en la boca, me lo impide.

martes, 11 de noviembre de 2008

Fallo ejemplar

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En un dictamen sin precedentes la justicia falló a favor de un televidente. Éste habría iniciado una acción a partir de una promoción que decía: ¿No podés ir de vacaciones?, ¡destapá una botella de nuestro producto y viajá 15 días con todo pago a Punta del Este!
El juez determinó que ambas acciones: destapar y viajar, estaban presentadas como hechos seguros y volitivos, es decir, que sólo dependían de la voluntad del consumidor. Es evidente que la segunda acción no lo era. Una enunciación correcta, según el magistrado, hubiera sido: ¿No podés ir de vacaciones?, ¡destapá y obtené una diezmillonésima posibilidad de viajar a Punta del Este!
Si bien este fallo obliga a la empresa de la publicidad solamente a pagarle las vacaciones anunciadas al demandante y su familia, las consecuencias pueden ser impredecibles. En una primera etapa todos los consumidores de ese producto podrán reclamar su viaje de vacaciones, lo que podría hacer colapsar la capacidad hotelera de esa ciudad. Además, teniendo en cuenta la gran cantidad de concursos con la misma frase engañosa, se prevé un aluvión de demandas que serían respondidas afirmativamente.
Pero algunos observadores del ámbito judicial y televisivo consideran que esto no termina allí. La siguiente andanada de juicios estaría dirigida a las telenovelas. Miles de mujeres de condición humilde exigirían, tal como sucede en las novelas, conocer a un hombre de muy buena posición económica que, superando los prejuicios de su familia y de la sociedad, acepte casarse con ellas. Del mismo modo otros tantos seres que desconocen la identidad de sus padres, exigirían que la situación se aclare como sucede al final de cada novela. Además de que, como es usual, el padre descubierto sea un señor acaudalado y generoso.
Si bien el hecho de que estas demandas puedan producirse es inquietante, preocupa aún más la posibilidad de que mujeres de todas las edades y condiciones sociales querellen a las televisoras con una exigencia. Ésta sería que sus propios hombres las escucharan y les dijeran frases románticas como cotidianamente se ve en la pantalla. De producirse esto, se cree que la justicia no fallaría a favor de ellas, y no por que no les asista la razón, sino por la absoluta imposibilidad de que sea cumplido.

jueves, 6 de noviembre de 2008

Una hora de baile

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Sé que ésta es la última canción del Long Play. Voy hasta el Winco, que con un par de bafles conectados, está por apagarse automáticamente. Tomo el disco y lo doy vuelta, poniéndolo en la parte alta del eje y trabándolo con la horquilla. Roberto Carlos no comenzó con su “Detalles” que ya estoy abrazando nuevamente a Mirta.

Casi todo tercer año del Nacional había ido al cumpleaños de quince de Isabel. La fiesta se hizo en su casa, un lindo chalet de Banfield, cerca de la estación. En el frente estaba escrito su nombre en una letra cursiva metálica. Los muchachos llevaban saco, alguno lucía un cuello estilo Napoleón. Estaban de moda, pero había que animarse a usarlos.
La fiesta transcurría en el comedor de la casa y en un patio techado que había en la parte de atrás. Allí se había armado el baile.

La púa se desliza entre las canciones siempre dulces de Roberto Carlos. En cada silencio nuestros cuerpos toman distancia para luego acomodarse en un abrazo aún más estrecho. La siento dócil, fácilmente mis brazos rodean su delgadez. En algún momento ya no bailamos, sólo nos estrechamos en un pequeño balanceo.

Una parte importante de la fiesta había transcurrido. El momento del vals, el del brindis y un buen rato de música movida. Como costumbre, todos llevaban algún disco a préstamo para que hubiera variedad. Como si fuera una discoteca, a toda esa descarga de energía con imitación de pasos de “Música el Libertad” y “Alta Tensión”, le siguieron unos temas lentos. Muchas parejas se quedaron en la pista. Darío recorrió la sala mirando a quien sacar a bailar. De repente su mirada se cruzó con la de Mirta. Era compañera de curso, unos pupitres más adelante.

No tenemos palabras para decirnos. Algo hemos hablado los primeros minutos, pero ya no. Sólo nos abrazamos y nos dejamos recorrer por una corriente de ternura y excitación. Nuestros cuerpos pujan por juntarse cada vez más, vamos encontrando nuevas maneras de acomodarnos. Siento el calor de su cuerpo y ese aroma mezcla de transpiración reciente con perfume de jazmín. Deseo que esto dure una eternidad.

Era una chica muy delgada, calladita, estudiosa. Darío nunca había reparado demasiado en esa compañera. La invitó a bailar y ella aceptó. Cuando comenzaron estaban un poco distantes: él tomaba a Mirta de la cintura y ella había apoyado sus antebrazos sobre el pecho de él, marcando la distancia prudente. Poco a poco ella fue aflojando la presión de sus brazos hasta que rodeó con ellos en cuello de Darío. La pista estaba llena y la luz no era demasiada, alguien había apagado algunas lámparas para crear un poco de clima.

Estoy experimentando algo nuevo que no puedo describir. Pero no hay otras caricias, no hay palabras, ni un primer beso que cambie nuestro status de simple pareja de baile. Tampoco lo deseo, no quiero ser el novio de Mirta. Sólo quiero abrazarla y sentir que ella también lo quiere.

Bailaron cerca de una hora. Darío encontró un disco de Roberto Carlos y lo hizo correr de ambos lados. Casi al final se encendieron las luces y se anunció que las cintas de la torta los esperaban. Mirta miró por un instante a Darío como esperando una palabra que él no dijo. Luego fue a reunirse con el resto de las chicas.

En cada canción presiento que el momento maravilloso se termina, que no puede durar este encantamiento. Finalmente la profecía se cumple. Se cortó la música y estoy de frente a ella. No nos habíamos mirado casi. No tengo nada para decirle salvo un “gracias”. Ella duda un segundo y luego se va.

El lunes siguiente se vieron como si nada hubiera ocurrido. Ninguno de los dos hizo comentarios. Tampoco los hubo de los compañeros, nadie había reparado en ellos la noche del sábado.
Lo que quedaba del año y hasta el fin de la secundaria, cuando dejaron de verse para siempre, transcurrió como si esa noche no hubiera existido.
Fue sólo una hora de baile. Pero para Darío fue más que eso, fueron cientos, miles de horas. Una imagen evocada, repetida y revivida, cada vez que el destino fue generoso y puso en sus brazos un cuerpo de mujer.

domingo, 7 de septiembre de 2008

La señal

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Para mi la fe siempre ha sido lo más importante. Lo que guió mi vida. Por lo menos hasta que sucedió lo que vengo a narrarles.
Dios me concedió el don de la fe, y yo tomé los hábitos para convertirme en su más humilde y fiel servidora. Nada en el mundo tenía más valor que luchar por la gloria y la grandeza de Su nombre.
Mi vida de entrega y oración la desarrollaba en el convento de las Hermanas del Santo Consuelo. Rezaba varias veces al día, pero mi conversación especial con Dios (siempre a través de Su Hijo, como Él nos enseñara) era por la mañana temprano. Le agradecía a Jesús el nuevo día que nos regalaba y porque gracias a su pasión y muerte nos liberó a todos del pecado. Y en particular por todo lo que me había dado a mí, incluyendo esta fe, que es creer en lo que no se ha visto. Yo no necesitaba ver para creer.
A veces, en mi oración matinal además de agradecimientos, incluía pedidos: que ilumine al Sumo Pontífice para que guíe bien a la Iglesia, que dé salud a mis padres por muchos años, que se despierten vocaciones sacerdotales...

Una mañana, no sé si a ustedes les pasa que a la mañana les llegan las ideas más extrañas, una mañana, decía, se me ocurrió pedir que me diera una señal.
- Señor, tu que te apareciste al Apóstol Tomás y le mostraste las llagas de tus manos, dame una señal de que escuchas mis plegarias - le rogué.
No consideraba que fuera excesivo, porque cinco años de hermana, dos de novicia y uno de postulante, bien merecían esa señal. Y todo este tiempo con una dedicación y comportamiento intachables. No como otras hermanas que tenían sus vaivenes, y se interesaban por otras cosas distintas de la oración.
Al tiempo, el pedido de una prueba, como la voz de Dios cuando detuvo la mano de Abraham para que no sacrificara a su hijo Isaac, se me ocurrió incluirla en otros rezos del día. No es que pensara que Cristo no me oiría por la mañana, pero supuse que si repetíamos el avemaría unas doscientas veces al día, debía ser por algo. La repetición algún efecto tendría sobre el Reino de lo Cielos.
Unas semanas después, prácticamente todas mis plegarias consistían en el pedido de esa pequeña prueba.
- Padre, si enviaste a la Virgen de Lourdes a Santa Bernardita, envíamela también y me colmarás de dicha.
Un día, o mejor dicho una noche, sucedió algo que cambiaría todo.

Le había pedido permiso a la Madre Superiora para ir a rezar sola a la capilla después de la cena. Era un aniversario de mi ordenación y pensé en hacer una oración extra de mi pedido. Toda mi vida se la dedicaría al Espíritu Santo, si recibía esa mínima señal.
Estaba sola en el oratorio ocupada en mis menesteres, cuando un temblor sacudió la capilla dejando en un balanceo pendular, cuanto podía tener movimiento. Inmediatamente, una luz fuertísima atravesó uno de los vitrales laterales. Era mi preferido: la imagen del Espíritu Santo haciendo a los Apóstoles hablar en lenguas. Casi simultáneamente pude escuchar una voz ronca y lejana diciendo “cree”.
Como podrán imaginar, quedé fuertemente conmocionada por lo que había vivido, y no pude conciliar el sueño en toda la noche.
A la mañana siguiente pregunté, sin contar nada, si alguien había sentido algo, pero no, ni siquiera el temblor. Tal vez se sintió sólo en la capilla porque es el edificio más alto y está un poco aislado del resto del convento. Ese día me costó mucho concentrarme en las oraciones, mi cabeza estaba en otra cosa. Aproveché entonces la tarde del martes, que es libre, para ir a la biblioteca pública. En crónicas viejas de la ciudad pude comprobar que se registraron movimientos sísmicos en otras épocas y, aunque hacía ochenta años que no ocurría, bien podría repetirse. Esa semana todas mis actividades, incluida la oración, fueron mecánicas, no podía concentrarme en esas pequeñeces. El martes siguiente fui a casa de mis padres y aproveché para hablar por teléfono con una amiga de la secundaria que sabía del tema. Logré que mandara un e-mail a un destacamento militar, cerca de la capital, que tenía instalado el sismógrafo más cercano. La respuesta no fue buena: la semana anterior estuvo fuera de servicio por una modernización de parte del equipo.
Lo de la luz también lo estaba investigando. Para el festejo de los 100 años de la ciudad, hacía tres semanas, la municipalidad había alquilado un par de reflectores gigantes que iluminaban el cielo como en Hollywood. Si aún no se habían devuelto, seguro probando uno de ellos fue que se iluminó el vitral.
Tuve que pedir algunos días más de salida en la semana. Estaba segura que Dios me iba a perdonar, porque tuve que enfermar a algunos parientes.
Un conocido de mi padre trabajaba en la municipalidad y tuvo acceso a los registros en donde figuraba que los reflectores aún no se habían regresado. Pero el jardinero que trabajaba en el convento, y que participó en la organización de los actos del centenario, me dijo que todo se devolvió la misma noche. Averigüé por un ex concejal que a veces se alquilaba equipo por un día haciendo figurar que era por más tiempo, así quedaba plata para la campaña electoral.
Me sentía inútil e incómoda en el convento, todo lo que tenía que investigar estaba allá afuera. Cansada de inventar excusas, que a veces no recordaba o se contradecían, decidí pedir una licencia. Por supuesto que eso no existe para una hermana del Santo Consuelo, pero yo le dejé el aviso escrito a la Madre superiora y me fui.
Me quedaba el tema de la voz, tal vez podría ser un carrero pasando que, con voz ronca como suelen tener, le gritara “arre”, y yo creí escuchar “cree”. Con más razón el grito debió ser fuerte, si había un temblor y el hombre estaba asustado.
Había cuatro vecinos que tenían carro y transitaban por esas calles. Hablé con tres de ellos y no recordaban haber pasado por allí esa noche. El que restaba había viajado a otra ciudad a ver unos parientes y volvía en unos días.
Ya había conseguido datos de otro sismógrafo y de una entidad internacional a donde se informaba toda novedad de actividad sísmica. No tenía las direcciones electrónicas, pero al primero podría ir, eran sólo cinco horas de ómnibus, y al segundo le enviaría el pedido por correo tradicional.
Tuve que dejar de usar los hábitos porque no me resultaban cómodos para investigar y hacer preguntas.

Hoy regresa el dueño del carro que estoy esperando. Después de hablar con él, viajo a la capital a ver una discoteca que alquiló los reflectores inmediatamente después que nuestra municipalidad, para saber qué día les llegaron. En cuanto al sismógrafo, como es una estación automática, tengo que esperar al jueves que es el día de mantenimiento.
Como ven, no me está resultando fácil la investigación, pero creo que ya estoy cerca de comprobar el origen real de los hechos.
Cuando termine volveré tranquila a mi vida de fe y oración. Porque para mi tener fe es creer en lo que no se ha visto.

martes, 2 de septiembre de 2008

miércoles, 16 de julio de 2008

Labios

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Adoro los labios pequeños. Esos que apenas enmarcan. Están, pero no eligen ser protagonistas, prefieren la simpleza del actor de reparto. Los disfruto cuando el dorso de mi mano pasa sobre ellos, cuando los beso o cuando sólo los intuyo.
¿Puedo pedir más? Sí, tal vez un clítoris que no se me esconda y una mujer apasionada.

sábado, 12 de julio de 2008

Telegrama

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Dos hombres con nombre parecido en el vecindario. El cartero lleva un telegrama de despido a la persona equivocada.
El despedido sin telegrama acude a su trabajo. A su jefe ya se le ha pasado la bronca y se arrepiente de haber mandado la misiva. Al enterarse que no llegó, nunca más la menciona.
El falso despedido apura el proyecto postergado de abrir su propio negocio que, a decir de los vecinos, resultó más que exitoso.